Quizás el principal desafío de Danilo Medina no sea la creación de esos 400 mil empleos a través del sector privado que prometió en su campaña electoral. Después de todo, son muchos los factores que no dependen de su voluntad, como el escenario internacional y los precios del petróleo. Sin excluir algunos internos, aunque cuente con el respaldo del Congreso y de todas las instancias de poder. Su principal desafío será el Gobierno ético que juró en más de una ocasión ante la tumba del profesor Juan Bosch, un paradigma de la moral y la pulcritud. Pudo simplemente jurar que respetaría el pensamiento de un líder a quien el sentido de la racionalidad en una sociedad maleada le ganó el adjetivo de tacaño. Pero era tacaño porque no disponía de los recursos ajenos como si fueran propios y, en un país con tanta pobreza material y espiritual, tildaba el derroche y las dádivas como una ofensa a la dignidad humana. Un Gobierno ético, que no es una revolución moral, es, por sus implicaciones, el compromiso más solemne que jurado Medina, porque se trata de un ejercicio que depende de su voluntad. No hacen faltas explicaciones, porque el juramento ante la tumba de una figura de las condiciones del profesor Bosch lo define por sí mismo. Se trata de un ejercicio en que no habrá privilegios ni se utilizarán los recursos públicos para otros fines que no sean los consignados por la ley. Un ejercicio en que primarán las políticas sociales y no programas personales que envilecen y humillan la dignidad humana. Un ejercicio en que los funcionarios no convertirán las instituciones en catapultas de sus ambiciones ni en instrumentos para construir liderazgos. Un ejercicio en que el enriquecimiento ilícito, la violación de leyes como la de concursos y contrataciones públicas, y todo tipo de corrupción no encontrarán cobijo. Lo supongo más que consciente de la dimensión de su juramento.

