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El sentido de las cosas

El sentido de las cosas

Luis Pérez Casanova

Al humanista Eugenio María de Hostos le hubiera resultado muy difícil, casi imposible, cumplir la tarea que se proponía de hacer valer el sentido común. Por una razón muy simple, al no regirse por los principios de la demostración, que es la lógica, sino por intereses, instintos y hasta caprichos, el sentido común ha devenido en el menos común de los sentidos. En sociedades como la nuestra, normada por el consumismo, es comprensible que la gente común y corriente coloque las banalidades por encima de las prioridades. Lo inconcebible es que también los Gobiernos se rijan por el patrón social.

Tenemos el gran revuelo que se ha creado con una licitación por 1,317 millones de pesos con la contratación del servicio de modernización, ampliación, supervisión y gestión del sistema integral del centro de control de tráfico y la red semafórica del Gran Santo Domingo.

El revuelo se ha limitado solo a las supuestas irregularidades en la licitación, sin que nadie se pregunte si el proyecto era en realidad necesario. Porque ¿qué sentido tiene la inversión cuando el poder impone su autoridad con la intervención de las intersecciones, sin importar que los semáforos sean o no inteligentes, para dirigir el flujo de vehículos? O del retroceso que plantea. Sabemos de muchas otras inversiones en iguales o peores condiciones sin generar siquiera un quejido en los segmentos más levantiscos.

Las paradojas suelen conjugarse con el cinismo. Se calcula que alrededor de 800 millones de personas pasan hambre o sufren desnutrición, pero antes que en comida para enfrentar la calamidad el gran gasto de estos tiempos es en dietas para adelgazar. Y la erogación se justifica bajo el alegato de que son más las personas que mueren a causa de la obesidad que del hambre y la desnutrición.

Cualquiera queda estupefacto al saber que con la cantidad de alimentos que por distintas razones se pierde, no solo en las naciones desarrolladas, sino hasta en las carenciadas, se estima que se podría alimentar a la amplia franja de indigentes y todavía sobraría una buena porción para reciclarlos. A pesar de que esas realidades puedan carecer de lógica, no es verdad que se está a la brigandina.

Como cada quien anda con su preocupación y su teoría a cuesta, la inquietud que se atribuye a un oncólogo brasileño es la de que se esté invirtiendo cinco veces más recursos en medicamentos para la virilidad masculina y en silicona para mujeres, que en la cura del Alzheimer. Sostiene que por ese camino de aquí a algunos años “tendremos viejas de tetas grandes y viejos con el pene duro, pero ninguno de ellos se acordará para qué sirven”. Para encajar la realidad dentro de la lógica, como pretendía Hostos, hay que comenzar con el imposible de eliminar la irracionalidad.