Opinión

El silencio crítico

El silencio crítico

Un sector amplio de la administración peledeísta incurre en el error de creerse infalible. El hecho de invertir grandes recursos económicos en los medios de comunicación puede generar la impresión de que “todo está bajo control”. No obstante, la ciudadanía observa con profundo sentido crítico excesos y estilos de vida impropios de una nación en dificultades económicas.

Como estamos en la época de la percepción y el innegable éxito del partido morado reside en construir un sentido de la “realidad” distante de las limitaciones que padecen los ciudadanos ordinarios, resulta entendible el afán por continuar creando todos los mecanismos a su alcance para hacer más eficiente su dictadura mediática.

Lo que resulta imposible derrotar es el legítimo derecho de observar con sentido crítico los alarmantes niveles de enriquecimiento de un sector gubernamental que, desde la fundación de su organización, establecieron distancias con el resto de la sociedad bajo la prédica de una moral imposible de esgrimir como bandera distintiva en las actuales circunstancias.

Existe un tinglado legitimador que opera con un sentido favorable para un PLD que hereda una franja del sector conservador del país, y que asume de normal, las prácticas clientelistas y corruptas imposibles de entender en el partido fundado por el profesor Juan Bosch. Además, el acomodo y flexibilidad ética genera la sensación de que existen licencias de carácter social que permiten a determinados ciudadanos rebasar el elemental sentido de decencia. Para “algunos” tolerancia y frente a los “otros” el cuestionamiento despiadado.

El que examina con detenimiento los parámetros morales con que se mide a los exponentes de la clase política tienen que llegar a la triste conclusión de la disparidad de las reglas implementadas. Por eso, gente vinculada a la administración exhibe fortunas imposibles de justificar y comportamientos inimaginables en un sector político que dividió el país entre peledeistas y corruptos.

Llama la atención el silencio e incapacidad de medirnos a todos con la misma vara. Y es que resulta alarmante que instancias esenciales de la vida nacional que, apelan a su sentido de sociedad civil, mantengan su nivel de alarma frente al estado de cosas en los corrillos, tertulias y círculos marginales. Antes cualquier exceso generaba titulares y convocaba a la reflexión de sectores que, con el actual silencio, nos expresan con claridad que sus afanes moralizantes obedecían a simpatías partidarias capaces de cubrir con uniforme independiente su reconocida orientación política.

La sociedad podrá retardar su reacción, pero en las filas de los supermercados están las quejas al por mayor y detalle, indigna al ciudadano de clase media que los impuestos que le cobran sirvan para que un funcionario gubernamental justifique pagar un “chef” en su institución y nadie se cree el cuento del pago de cuatro millones de pesos en boletas del Despacho de la Primera Dama para utilizar los “fondos” en la construcción de apartamentos para gente humilde.

Los niveles de indignación van en aumento y nadie en su sano juicio puede asociarlo a la actuación de la oposición, porque si un sector parece desinteresado por los problemas de la gente son los partidos. Existe un nivel de disgusto como resultado del derrumbe moral de una administración convencida de que todo se puede comprar y que los problemas no existen si no aparecen en los medios.  Si no lo creen, que suban en los vehículos de transporte público, se detengan en cualquier esquina del país y se dediquen a encontrar un trabajo digno para cualquier joven de los barrios populares.

El Nacional

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