OLIVIER BATISTA LEMAIRE
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Benjamín Peret (1899-1959) fue un poeta surrealista galo que atravesó gran parte del siglo veinte, sin ceder un ápice de su ética rebelde y libérrima a las convenciones estéticas y políticas que alineó a los surrealistas, a los mediocres ritmos de la historia.
No fueron pocos los creadores surrealistas que hicieron genuflexiones ante las cúpulas autocráticas del partido comunista francés, o que cedieron al exhibicionismo grotesco y mercantilista a lo Salvador Dalí, entre los años 1930 y 1940.
Peret no formó parte de la primera nómina del movimiento en 1924, donde descollaron con brío poético y escándalos de calles, los aedas Robert Desnos, Aragon, Paul Eluard, Soupault, bajo la mirada condescendiente del precursor, André Breton.
Lejos de encorsetarse en una estética sometida a la cruda realidad, los surrealistas atinaron a mancomunar la consigna vitalista de Rimbaud “cambiar la vida” y la hercúlea utopía de Marx “trasformar el mundo”, y acuñar una poesía onírica.
Más el partido comunista, poseía una visión del mundo en la cual el individuo y su creatividad eran sombras anónimas a servicio de una idea, el socialismo. Bretón y otros son expulsados.
Los grandes bardos Paul Eluard y Aragón contemporizan, pero Peret se mantuvo suspicaz, al margen de lo que considera una iglesia política que no libera a nadie de nada.
Prefiere el desorden organizado pregonado por los anarquistas, el compromiso aventurero, al humillante redil comunista donde el individuo se desvanece en un grupo mesiánico a nombre de la sociedad socialista. Luego de haber sido expulsado del Brasil (1931) acusado por la dictadura de Getulio Vargas de “agitador comunista” lo encontramos en la Guerra Civil española.
Manifiesta su epidérmica hostilidad a enrolarse en las milicias dominadas por comunistas, pone en cambio su entusiasmo revolucionario al servicio del comandante anarquista Durruti.
El poeta impregnado de un coraje sin par, dirigió un regimiento libertario en el temible frente de Teruel (1938) donde se jugaría el destino incierto de la Republica Española. Luego contrae nupcias con Remedios Varo, pintora española de sensibilidad surrealista y se exila en México en 1951.
En el dominio de la escritura sus ex compañeros surrealistas de aventura, abandonan la escritura automática, consistente en escribir versos rápidamente, bajo el dictado del inconsciente y sin control de la razón; pregonarán una práctica escritural más comedida.
En efecto la escritura automática era una ética intransigente del discurso y el poema donde no cabían las concesiones a las conveniencias comunicativas, ni al mercado cultural. Muchos la abandonarán. Robert Desnos escribe versos alucinados bajo el trance de la somnolencia, pero afina su poesía, hace ajustes, reivindica el legado compositivo de la poesía clásica a fin de que sea legible.
Eluard y Aragón, sin perder su capacidad creativa, se travisten en cantautores comunistas contra la ocupación nazi y de una manera u otra, según Peret alienan su libertad a un discurso gregario, a una ideología que relega la felicidad y emancipación humanas a un futuro lejano. Peret los considera como “publicistas y nacionalistas de la resistencia” y los acusa de adulterar la poesía.
El poeta publica en 1945 un libelo implacable contra los poetas acomodados en las formas literarias añosas que cultivan: El Deshonor de los poetas. Este libro es clave para comprender que en el itinerario del poeta libertario, escribir y vivir están íntimamente asociados en torno a la libertad radical, la palabra emancipada de las ideologías y filosofías de la historia, y de lo que denomina la representación de las realidades sórdidas.
Peret había salido deslumbrado de su exilio mexicano, en particular por la semejanza fulgurante que pudo establecer entre los textos sagrados indígenas y la imaginación surrealista.
Traducirá una versión poética del libro de los mayas, el Chilam Balam. Entabla una sólida amistad con el gran poeta mexicano Octavio Paz, quien siempre lo recordaría como un poeta inexpugnable en sus intransigentes convicciones poéticas y éticas, un mago de la palabra, el creador de un poema sublime titulado “Aire mexicano”. El poeta francés devolvería el influjo amistoso, traduciendo uno de los poemas claves de Paz, “Piedra de sol”.
De Peret pudimos adquirir hace años en Paris, algunos volúmenes de su obra completa publicados por la editora Losfeld, desconocida por el gran lectorado, morada de la disidencia y de parias.
Los otros surrealistas figuran en los catálogos de las mejores editoras y Peret no. En nuestro último viaje a París deambulamos por sus librerías y aprovechamos para hurgar de nuevo en los estantes y buscar a Benjamín Peret.

