Su sonrisa era amplia y franca, como en aquellos días en que serpenteábamos felices entre redacciones de periódicos leyéndolo todo y debatiendo al fragor de los últimos estertores del mundo bipolar y de una que otra obra prestada.
Manasés Sepúlveda Hernández, periodista, abogado y hombre de fe, hizo su último viaje el día de ayer. Nos sorprendió a todos. Su proverbial locuacidad hizo mutis. Su portentosa figura se escurrió por las claraboyas de la tarde del martes. No quiso avisarnos de su misterioso viaje… sencillamente decidió partir con esa parsimonia que le era habitual.
Al filo de las dos o las tres de la tarde de ayer, el periodista Nelson Encarnación y yo hacíamos timbrar incesantemente su teléfono para hablarle de la última novedad judicial. Era extraño que no nos respondía… Entonces el exrector universitario Manuel Bergés Coralín, compañero de causa nacionalista, escribió un mensaje fulminante a mi móvil: “con gran pesar les informo el fallecimiento del licenciado Manasés Sepúlveda Hernández, oportunamente avisaremos hora y lugar de sus exequias. Que nuestro Señor acoja su alma y dé paz a su familia en tan triste momento”.
Quedamos pasmados. Alguien tan vital, tan humanamente presente, había emprendido su último viaje en silencio, sin apenas decirnos “poeta, adiós”… sin un apretón fraternal de manos.
En el primer momento me rehusé a aceptarlo, pero entonces pensé en esa frase tremenda de Robespierre: “la muerte es el comienzo de la inmortalidad”.
Sólo entonces entendí el silencio de su partida. Es más fácil soportar la muerte de un amigo sin pensar en ella que sufrir su anuncio. Al fin y al cabo, Manasés, que nunca profirió un improperio, ni hizo una queja, no iba a ser motivo para entristecer la tarde de febrero.
Como escribió Emily Dicknson, “morir es una noche salvaje y un nuevo camino”, porque, a la postre, Tolstói tenía razón cuando afirmaba que “la muerte no es más que un cambio de mansión”.
En lontananza quedará su enorme presencia, no como “permanencia del llanto”, sino como felicidad o como agua cristalina que corre tranquila entre la hojarasca de un fresco riachuelo.
En mi memoria, su amistad será como esa imagen patética, pero bella de Ana Karenina: “todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo para sentirse desgraciada”.
En mi memoria, la Ana Frank que tanto disfrutábamos: “mientras pueda mirar al cielo sin temor, sabrás que eres puro por dentro y que pase lo que pase volverá a ser feliz”.
Hoy, jueves, 20 de febrero, acudiremos en silencio a tributar el último adiós a quien fuera, y será siempre, compañero de viaje y autor de sueños y desvelos. ¡Descansa en paz, Manasés!

