El valle de los Reyes ha concitado una enorme cantidad de bibliografía. Se podría pensar que es un tema agotado, al menos en cuanto a su descripción y a la historia de los hallazgos e investigaciones que en él se han llevado a cabo desde la Expedición napoleónica en adelante.
Sin embargo, para tener una adecuada perspectiva de lo que este excepcional y único lugar arqueológico ha supuesto en el mundo de la egiptología, no es ocioso establecer un repaso cronológico de los diferentes descubrimientos llevados a cabo en ese uadi único en Egipto.
La muerte en Egipto siempre fue considerada como algo omnipresente y permanentemente unido a la vida diaria de los egipcios. Por ello, desde muy temprano se sintió la necesidad de vencerla por medio de los ritos para propiciar la resurrección de los muertos en el más allá.
El rey era, naturalmente, especial protagonista de estos ritos. Para ello, después del proceso de la momificación, su cuerpo era depositado con todo boato en un monumento funerario que, normalmente, se componía del lugar de enterramiento propiamente dicho y del templo, construido en la orilla oeste del río, donde recibiría culto funerario por toda la eternidad.
Los egipcios eligieron con todo cuidado el lugar donde situar las tumbas de los reyes y de los demás nobles fuera de los cultivos, donde los cuerpos se pudrían con la humedad, para ubicarlas en las laderas secas y calientes del oeste del valle del Nilo o en la franja desértica que se extiende entre las laderas y la parte cubierta por el limo.
Es un ambiente tan árido que allí todas las cosas se desecan y se conservan.
Como consecuencia de ello las necrópolis de Egipto son lugares donde el tiempo parece haberse detenido, donde no hay corrupción en medio de una esterilidad inmortal amparada por el sol.
Durante cerca de mil años (desde el 2060 hasta el 1085 a.C.), se construyeron en Tebas más templos, palacios y tumbas que en ningún otro lugar del mundo.
Los tebanos reservaron la orilla oeste para ubicar las tumbas de los reyes con los templos dedicados a su culto funerario y las capillas y enterramientos de sus ministros y cortesanos.
En ellos se encuentran algunos de los relieves y pinturas más hermosos de todo el antiguo Egipto.
El Valle de los Reyes está detrás de estas hileras de templos y tumbas capilla, separado de ellos por una inmensa cadena de cerros que corre paralela al río como una gran muralla.
En el centro de las colinas tebanas hay un gran semicírculo de laderas escarpadas, cuyas paredes se levantan verticales desde el fondo del valle.
Desde lo alto de esas laderas se puede contemplar toda la visión de sus necrópolis reales y privadas. Detrás de esas murallas de cerros de Deir El-Bahari, está el valle de los Reyes, la cabecera de un largo Uadi que los habitantes del lugar llaman el Uadi Biban el Muluk (El Valle de las Puertas de los Reyes).
El Uadi se formó en otra época más húmeda que la actual, cuando las aguas de las lluvias torrenciales discurrían desde las cimas de las montañas hasta el valle.
En la Tebas del Imperio Nuevo, las cámaras funerarias del rey y el templo real estaban separados. La tumba se solía construir en las laderas de las colinas que forman el valle, mientras que los templos lo eran junto a orilla del río.
En lo esencial, esos majestuosos templos de la Tebas del Imperio Nuevo fueron diseñados en forma muy parecida a la que se había seguido para sus predecesores de las pirámides.
Pero el papel del templo bajo, que estaba junto al Nilo, quedó reducido al de desembarcadero y, en los últimos tiempos del Imperio Nuevo, la calzada de piedra que subía hasta el templo funerario se convirtió en un sistema de canales que conducía a un dique situado frente a los templos principales que, quizá, estaban más en consonancia con el paisaje de la zona.
Estos templos funerarios de Tebas tenían que constituir un espléndido espectáculo. Largas hileras de edificios bajos, blanqueados, cubiertos de relieves de colores vivos, rodeados de fuertes muros de adobe sobre los que se elevaban los mástiles del templo, con remates de oro que brillaban al sol y largos gallardetes colgados de ellos.
Las tumbas de los faraones del Imperio Nuevo, situadas en su mayor parte en el valle de los reyes, eran el equivalente del sistema de cámaras sepulcrales que había en las primitivas pirámides.
Fueron excavadas en las laderas de las montañas de Tebas, al pie del gran Korn, pirámide natural no alzada por la mano del hombre que vino a sustituir a las construidas durante el Imperio Antiguo y el Medio.
La tumba real tebana era una sucesión de galerías abiertas en la roca, cuidadosamente ordenadas mediante una serie de puertas, que conducen a la gran cámara donde reposa el sarcófago real, en lo más profundo de las entrañas de la tierra.
A lo largo de los quinientos años durante los que se estuvieron excavando y construyendo tumbas en aquél lugar, su diseño fue siendo sensiblemente modificado, aunque el orden básico de los corredores y las cámaras no varió nunca.
Fue un proceso de acrecentamiento en el que, paulatinamente a la ampliación de los conceptos funerarios reales, se fueron añadiendo nuevos elementos, aunque siempre se conservó la estructura de los primeros enterramientos en el valle.
La última tumba excavada y construida para el faraón, fue la de Ramsés XI, el último rey del Imperio Nuevo, aunque no llegó a terminarse jamás y su dueño no fue enterrado en ella.

