Opinión

Empatía

Empatía

La República Dominicana está a un desastre natural, conflicto social, crisis económica o incremento material en la delincuencia de distancia de verse en una situación no muy distinta a la que hoy se están viendo Honduras, El Salvador, Guatemala y Venezuela.

Esa distancia es tan reducida que hace apenas 15 años la vivimos, y fue la constante de nuestra nación durante 4 décadas a partir de los 60s. Los dominicanos que hoy se suman a insultar a la famosa “caravana” que actualmente marcha hacia Estados Unidos deben tener mucho cuidado de no estar escupiendo hacia arriba.

Uno pensaría que nos debe merecer mayor empatía la situación de las personas en dicha “caravana”, ya que contrario a una emigración ilegal ordinaria, la mayoría de las personas que están marchando hacia la frontera de los Estados Unidos desde Honduras, El Salvador y Guatemala, lo hacen en condición de refugiados.

Para una nación que vio a sus principales líderes en el establecimiento de su democracia vivir como refugiados huyendo a la persecución política, y cuyo propio Padre de la Patria vivió gran parte de su vida como un refugiado en Venezuela, el sentimiento de empatía hacia esas personas debería ser natural. Lamentablemente, ese no ha sido el caso.

Miles de personas han emprendido el camino hacia Estados Unidos desde el triángulo norte de Centro América, sumándose a los millones que ya lo han hecho en la última década, escapando a unos niveles de crimen y violencia que actualmente triplican el de la República Dominicana. A ese grado de delincuencia la decisión de escapar no se limita a circunstancias económicas, sino que en la mayoría de los casos se trata de la diferencia entre la vida y la muerte.

Por años, la extrema criminalidad en lugares como el triángulo Norte de Centro América y Caracas hasta ahora solo habían servido para llenar titulares en la prensa, y en gran medida había sido ignorado por los demás países de la región.

Lamentablemente ese drama humano ahora se ha desbordado a las fronteras en forma de refugiados, cuya situación debe ser vista bajo la luz de la Convención sobre el Estatus de los Refugiados y la Declaración de Cartagena.

Como el debate, de manera intencional e inescrupulosa, ha sido mezclado con el tema de la migración ilegal es poco probable que lleguemos a soluciones humanitarias que en el corto plazo alivien la situación de aquellos que han emprendido la marcha, y menos aún que en el largo plazo sirvan para atender los problemas fundamentales que afectan a sus países de origen que provocaron este éxodo.

Es por ello que prefiero empezar pidiendo un poco de empatía. No por consideración a eso que hoy están marchando miles de kilómetros para reclamar su derecho como refugiados, sino por todos y cada uno de nuestros familiares que se vieron forzados a hacerlo en el pasado, y los miles de nuestros descendientes que seguro lo harán en el futuro.

El Nacional

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