Carta de los Lectores Opinión

Emperador haitiano

Emperador haitiano

Él se creyó el cuento de que era un emperador de verdad, al estilo del líder y genio militar Napoleón Bonaparte. Hay una minoría haitiana que se creyó la historieta de que podían heredar las monarquías europeas. Y que podían llevar los títulos de la realeza: rey, reina, príncipe, princesa, duque, duquesa, conde, condesa, marqués, marquesa, vizconde, vizcondesa, barón, baronesa, príncipe/princesa consorte, gran duque/gran duquesa y emperador/emperatriz. Y otras ridiculeces o pendejadas.

El 22 de septiembre de 1804, el Gobernador General de Haití, general Jean-Jacques Dessalines, se declaró “emperador” con el nombre de “Jacques I”, iniciando una monarquía negra en América. Bueno, una caricatura de “monarca”.

El escritor colombiano José Mosquera narra que Dessalines se hacía llamar “su majestad”, y a su esposa “emperatriz Augusta”. Estructuró un engranaje burocrático y de derroche económico con sueldos para su “esposa emperatriz” que podía devengar después de la muerte del “emperador” y salarios a todos los “hijos príncipes” e “hijas princesas”.
Todo este absurdo o disparatada del susodicho “emperador negro” se daba en una nación nueva y devastada por la guerra de independencia. Esa guerra contra la Francia de Napoleón fue terrible.

No sabemos qué pasaba por la cabeza de ese “monarca” o “Napoleón negro” al intentar extender el “imperio haitiano”. En el mes de febrero de 1805 “Jacques I”, irrumpió en la parte este de la isla de Santo Domingo, en ese momento administrada por los franceses bajo la gobernación del general Ferrand, con una expedición cuyo fin era la unificación de la isla. El propósito era unificar toda la isla bajo su “poderoso imperio haitiano”.

El mismo “emperador”, comandando sus tropas, cercó la ciudad de Santo Domingo por tres semanas. No pudo apoderarse por la resistencia de los franceses y los criollos españoles y la llegada el 26 de marzo, de la escuadra francesa del almirante Missiessy.

Este alocado “emperador” se dio cuenta que invadir otro Estado no es un juego de niño y, muy frustrado, ordenó la retirada hacia Haití. A su retorno, el “emperador” fue dando muestra de cobardía e iba dejando un rastro sangriento con miles de degollados y muchos pueblos convertidos en cenizas, cometiendo en Moca y Santiago las mayores atrocidades.
Por: Roberto Valenzuela

El Nacional

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