Opinión

En busca del equilibrio

En busca del equilibrio

Rafael Grullón

Cuando los japoneses llegaron a Europa, los occidentales se quedaban asombrados de aquellos enigmáticos hombres que parecían copias uno del otro y que bebían lo que se creía era agua caliente, ya que los europeos ignoraban la existencia de té.

Nos contaba Adrianito Rodríguez, ido a destiempo, que tenía un amigo que vivía en Japón, pero que un buen día lo encontró en Santo Domingo.

Al preguntarle la razón del regreso, contestó que volvió a su tierra porque allá no podía distinguir de un día para otro a los japoneses contertulios y confundía a los enamorados. Eso explicaría la causa de que en el hospital Luis Eduardo Aybar, mejor conocido como Morgan, donde desde hace tiempo hay médicos de la raza amarilla, se colgara un letrero que rezaba: «No les diga chinos a los japoneses”.

Cuentan de Japón la vida de un pescador, a cuya comunidad le atravesaba un canal, un riachuelo, limpio y cristalino, invernadero de peces. El japonés acostumbraba a recorrer el canal en una canoa con con una vara que al afincarla en el fondo del agua impulsaba hacia adelante su instrumento de transporte acuático.

Previamente, había dejado en varias esquinas en las orillas del riachuelo unas trampas, las recogía con abundantes peces en sus recorridos. Al llegar a la casa, los embadurnaba de sal y los envolvía en arroz salcochado para que resistieran sin descomponerse el tiempo de circulación en el mercado. Los peces que no calificaban por pequeños, los introducía en una caja al aire libre en el patio de la casa sobre agua, a donde bajaban las aves que ya desde los altos habían observado el proceso y volvían a subir con el pico ocupado por su presa.

El japonés tomaba una bandeja donde colocaba dos peces preparados con su compaña, meztura le llamaba nuestra abuela, frutas y una tasa de té y la llevaba en lado seco del patio ,en agradecimiento al Todopoderoso, donde estaba el santuario, lugar donde el hombre ha encerrado históricamente la divinidad. Luego hacia un abundante almuerzo e invitaba a sus vecinos a compartir las bondades de la naturaleza, condición del buen salvaje, que solamente pierde su bondad cuando penetra a la civilización, como decían los críticos del viejo régimen en Francia en el siglo XV111.

Ese es el sentido del equilibrio que cultivan los orientales, contrario a los occidentales, que buscan aplastar a los demás, autogenerando conflictos innecesarios.

El Nacional

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