Dios, con su bondad inenarrable, sembró en su mente ideas luminosas, en su alma sutíl un don afable y en su vida promesas fabulosas.
Erguido con la toga en el estrado defendía el Derecho con viveza, librando con su verbo al acusado y la ley imponiendo con firmeza.
Por su antitrujillismo y nombradía, el solio presidencial alcanzó un día con brillo, con renombre y parabien. Y hoy, ya cumplida su misión cimera, Asela, junto al Salvador le espera, para unir su antiguo amor, en el Edén.
Ramón Lorenzo Perelló

