Desde lo alto de un cerro veo a lo lejos un caserío disperso. A mi derecha, una hilera de árboles negros guarda el recuerdo de los incendios que azotaron a esta isla el último agosto.
Este lenguaje que remplaza al español con dos vocales y cuatro consonantes silbadas tiene una peculiaridad que se adapta perfectamente a este paisaje de valles profundos y abruptos barrancos: tiene la capacidad de recorrer hasta tres kilómetros de distancia.
«Antes, cuando se prendía fuego en el monte -algo que sucede con cierta frecuencia en la isla- la Guardia Civil nos venía a buscar. Y sin importar lo que estuviésemos haciendo nos llevaba en el camión para apagar el incendio», me cuenta Lino Rodríguez, un viejo silbador con la voz rota de tanto fumar.
«Entonces, para que no nos llevara, nos pasábamos el mensaje entre nosotros silbando: ¡escóndete que ahí te viene la guardia a buscar! Y como ellos no sabían silbar, no entendían lo que decíamos y no nos podían encontrar», recuerda.
Y se apresura a aclarar, «es que el dinero para apagar el incendio en ese entonces se lo guardaban el ayuntamiento y los alcaldes, y a nosotros no nos pagaban un duro».
«Lo que sucede es que aquí, además, no se aprendió a silbar por lujo sino por obligación, por necesidad. El que no sabía tenía que caminar para dar un mensaje. Y como las casas están lejos y aquí no había carreteras ni teléfonos, silbar era más fácil que ir a tocar la puerta», le dice a BBC Mundo.
En busca del silbo
El silbo es un sistema eficiente para comunicar mensajes simples en la abrupta orografía de La Gomera.
Aunque las dificultades económicas de mediados del siglo pasado obligaron a la mayoría de los silbadores a emigrar, principalmente hacia Venezuela y la vecina Tenerife, y el desarrollo de la telefonía y las carreteras le quitaron al silbo su función práctica, los isleños insisten en que el silbo está vivo.
Y lo que dicen, en parte, es cierto.
Si bien en los años 80 sólo quedaban unos pocos silbadores, estudios lingüísticos que se hicieron en esa época y un proyecto que logró imponer la enseñanza obligatoria del silbo en las escuelas, a fines de los 90, renovaron el entusiasmo por esta forma de comunicación.
Una forma que, según me explica Juan Carlos Hernández Marrero, investigador del Museo Arqueológico de La Gomera, «fue denostada por la gran mayoría que la consideraba como algo de personas del campo, brutas».
Sin embargo, debo admitir que después de recorrer durante horas esta isla volcánica cuyo paisaje y clima cambia en cada esquina, sigo sin hallar rastros del silbo
¿Cómo es posible que si casi todos los niños saben silbar y los gomeros defienden a rajatabla la necesidad de proteger su lenguaje no se escuche a casi nadie silbar en la isla?
El negocio de silbar
«Así como en Reino Unido hay un turismo vinculado al aprendizaje del inglés, o en India se hacen talleres de yoga, nosotros podemos convertir al silbo gomero en algo similar»
Fernando Méndez, Consejero de Turismo del Cabildo de La Gomera
La respuesta es que el silbo está en otra parte: está vivo en los colegios y en las demostraciones preparadas para sorprender a los turistas.
Para Fernando Méndez, Consejero de Turismo del Cabildo de La Gomera, el silbo es un elemento crucial en esta industria, que «es la única que tiene la isla para generar recursos».
«Así como en Reino Unido hay un turismo vinculado al aprendizaje del inglés, o en India se hacen talleres de yoga, nosotros podemos convertir al silbo gomero en algo similar», le explica a BBC Mundo.
Hernández Marrero coincide en la necesidad de protegerlo, sobre todo -dice- porque define la identidad de los gomeros. Pero teme que al vincularlo de forma tan directa con la industria del turismo se corra el peligro de desvirtuarlo y convertirlo en algo así como «el ukelele o los collares de flores que les ponen a los turistas en Hawai».
Lino Rodríguez nació en Agulo, una localidad en la zona montañosa de la isla canaria de la Gomera. Todavía recuerda cómo aprender a silbar le sirvió para ahorrarse extensas caminatas para dar un mensaje.
«Creo que hace falta conversar con la gente que aún está viva y sabe mucho del silbo, y hacer una reflexión más profunda sobre para qué lo queremos. Sabemos mucho desde la perspectiva lingüística, pero muy poco sobre su historia, explica el arqueólogo.
Se sabe por ejemplo que coexiste con otros lenguajes silbados en el mundo. Hay lenguajes similares (también sustitutivos) en la isla griega de Evia, en el poblado de Kuskoy, en el este de Turquía y en una localidad de los pirineos franceses.
Pero el de La Gomera es el único lenguaje silbado estudiado en profundidad, el que emplea la mayor comunidad de hablantes y, probablemente, el único que se aprende en la escuela como una asignatura más.
Sobre su origen, en cambio, no hay certezas.
Si bien las características del terreno parecen explicar la necesidad del silbo, no son suficientes para justificar su origen. No es una invención de los gomeros, afirma Ramón Trujillo, lingüista de la Universidad de La Laguna, en Tenerife.
«Lo más probable es que haya venido de África», dice este académico cuyos trabajos fueron clave para conservar el silbo. «Si fuese porque es un lugar donde la comunicación es difícil tendríamos que tener lenguajes silbados en toda América, y el único silbo que encontré allí es el de los mazatecos en México».
El silbo soy yo»Lo más probable es que (el silbo) haya venido de África. Si fuese porque es un lugar donde la comunicación es difícil tendríamos que tener lenguajes silbados en toda América, y el único silbo que encontré allí es de los mazatecos en México»
Más allá de la diferencia de opiniones, todos están de acuerdo en la importancia de proteger al silbo. Para unos es una fuente de ingresos, otros lo entienden como un rasgo que define su identidad y para los académicos como Marcial Morera, lingüista de la Universidad de La Laguna, «tiene un interés desde el punto de vista de la teoría del lenguaje porque, al ser un sistema simple, nos ayuda a entender cómo se forman las lenguas en general».
Sin embargo, para alcanzar este objetivo, hay varias piedras en el camino que saltar.
Tanto Trujillo como Morera temen que los recortes al gasto público que están teniendo lugar en España afecten la enseñanza del silbo en las escuelas, el único lugar donde los niños aprenden a silbar.
Por otra parte, el reconocimiento y el prestigio que el silbo ha ganado en las últimas décadas, dicen los investigadores, ha traído como consecuencia inesperada una serie de problemas nuevos.
Conscientes de su valor y también de su potencial económico, muchos silbadores compiten hoy día por hacerse un lugar.
Las rivalidades, aunque solapadas, se sienten: son pocos los que están dispuestos a mostrarnos quién más, además de ellos mismos, dominan el arte de silbar.
Laura Plitt (BBC-Mundo).

