Opinión

En qué momento fue

En qué momento fue

Momentos importantes en la vida de cada quien se presentan en cualquier abrir y cerrar de ojos; en ocasiones muchos los dejan pasar y otros los plasman para provecho y bien de la humanidad. Esos son instantes de lucidez y claridad sobre la vida, como aquél donde alguien, al cual desconozco, escribió: “Es mucho mejor estar callado y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas definitivamente”.

Sobre este particular creer que todo el mundo es tonto por no decir estúpido o pendejo; tratar de manipular situaciones para justificar lo indebido –indebido por ser amoral- y, pretender que el otro no piensa o tiene sentimientos diferentes a ellos, es al parecer la gran pandemia mental entre algunos que privan de estar por encima del bien y el mal. En esta encrucijada, producto de la bien o mal llamada globalización y el bombardeo inmisericorde de teorías infuncionales, es el desenvolvimiento del día a día en esta jungla de espurios intereses particulares.

¿Cuándo y por qué se dio inicio a esto?. ¿Cuándo y en qué lugar se iniciaron muchas cosas de las cuales somos acreedores, siendo en muchas oportunidades desconocidas para nosotros?. Ocurren hechos, acciones y pensamientos sobre los cuales creemos a pie juntillas conocer su nacimiento, cuando en realidad ese inicio es desconocido y nos percatamos en el preciso momento en que se hacen sentir o que brotan como flor de un capullo.

 

Alguien debió de hablarme con anterioridad sobre estas interrogantes, alguien con credibilidad moral y a quien yo pudiera creerle. ¿Pero a qué o a quién se le puede creer en estas cosas?. Vivimos como si hubiésemos perdido todas nuestras facultades y sentidos para comprender la situación: ni escuchamos, mucho menos entendemos, y peor aún, no hablamos.

¿Cuándo y donde se manifestó por primera vez este sentir, este no querer ni pretender ser cortesano en su acepción de ser prostituto, elegante y culto para lisonjear en busca de burdas e inmorales prebendas?. ¿Cuándo, en qué momento de la vida quedamos estampados por esos principios innegociables e imperecederos?. ¿Sería acaso en esos tiempos de la niñez cuando en esa comunidad primaria, esa naturaleza social del hombre que nace y se desarrolla dentro de la sociedad de sus padres y vive dentro de ese ambiente durante su desarrollo primario, cuando se forma el carácter y el hombre establece las bases para desarrollarse como tal?.

¿Sería acaso en esos tiempos de inocencia, cuando el niño escucha en el hogar conversaciones que a todas luces producen una impresión tal que le marca, desde lo más profundo, y perdura por el resto de la vida?. ¿Como aquella donde se hablaba de que a Conde, quien se encontraba preso en la 40, le habían sacado las uñas de los pies por estar en contra de la dictadura de Trujillo?. ¿Y proseguir escuchando la narración del sufrimiento de la Tía Severina y toda la familia, por la persecución y tortura a la que estaban sometiendo a mi primo, su hijo mayor, el querido, admirado y nunca olvidado José Mercedes Ramírez Ferreira, conocido artísticamente como José Ramírez Conde (a) Condecito?.

¿Será acaso que en esos momentos y lugares, al sentir el dolor y la angustia de la familia, ante un acto cruel, abusivo y cobarde, se dio comienzo a la rebeldía de no ser cortesano ni alabardero de nadie?. ¿Sería tal vez que en esos momentos se estableció la repulsa hacia el abuso, hacía el acto villano y ruin de ver o participar en el culto vergonzoso a la personalidad de cualquier carajo a la vela, sólo porque transitoriamente, por posición, dinero o golpe de suerte reciba el calificativo de Don?. ¡Vaya usted a saber!.

Por eso hoy, que se hacen laudables esfuerzos por resucitar esos sentimientos de moralidad y el amor por los principios éticos, para traerlos de vuelta como Lázaro sacado del sepulcro, es que debemos de estar más alertas ante ese culto a la personalidad sumiso, humillante y vergonzante que nos hace parecer seres inferiores, postrados ante la presencia de cualquier aprovechado, situación ésta que muchos atribuyen a nuestros orígenes y esa sumisión que se cataloga como característica de los aborígenes de estas tierras. ¿Desde ahí viene?, ¿ese fue el inicio?. ¡Vaya usted a ver!.

Por tales causas existen diferentes vías por las cuales transitar esta vida. Uno es el sendero de la virtud y el otro que no lo es. Como dijo el filósofo Parménides de Elea, que sólo existen dos caminos para acceder al conocimiento de las cosas: la vía de la verdad y la vía de la opinión, pero que sólo el primero es un sendero transitable, siendo el segundo objeto de continuas contradicciones y apariencia de conocimiento. “Los únicos caminos de búsqueda que cabe concebir: el uno, el de que es y no es posible que no sea, es ruta de persuasión, pues acompaña la verdad; el otro, el que no es y de que es preciso que no sea, éste te aseguro que es sendero totalmente inescrutable”.

Por todo esto y muy a pesar de lo dicho por Confucio, en el sentido de que “no enseñar a un hombre que está dispuesto a aprender, es desaprovechar a un hombre”, asumo yo que en cuestiones morales “enseñar a quien no está dispuesto a aprender es malgastar las palabras”. No obstante este razonamiento, el hombre siempre termina por hacer una realidad de su ficción. Así ha sido, aunque no todos lo logran, porque de este modo es la vida. ¡Sí señor!.-

El Nacional

Es la voz de los que no tienen voz y representa los intereses de aquellos que aportan y trabajan por edificar una gran nación