Los muchos casos de pacientes abandonados por sus familiares en hospitales públicos constituyen episodios desgarradores que reflejan elevada insensibilidad social e inaceptable irresponsabilidad.
Decenas de adultos, ancianos y niños, enfermos o accidentados, quedan varados en centros asistenciales sin que parientes o relacionados se interesen siquiera por su pesarosa suerte.
Las autoridades del hospital Moscoso Puello no encuentran qué hacer con tantos pacientes abandonados, incluidos ciudadanos haitianos, afectados de graves problemas de salud o que requieren de costosas cirugías para revertir situaciones de invalidez.
Se dirá que el Estado tiene la obligación de socorrer a esos infelices, pero es menester llamar la atención sobre una distendida insensibilidad humana que se expresa en dejar tirado en un hospital a madre, padre, abuelo, tío, primo e incluso hijo, que sólo dependen de la vocación de servicio de médicos, enfermeras y trabajadoras sociales.
Son los casos de dos ancianos, de 91 y 81 años, que llevan más de cuatro meses recluidos en estado crítico en el Moscoso Puello, sin recibir visitas de ningún pariente o relacionado, o el de dos mujeres, de 42 y 32 años, que fallecieron y aún se realizan gestiones para sus sepelios, en razón de que ningún familiar acudió a reclamar los cadáveres.
Casos similares de pacientes abandonados se producen en la mayoría de los hospitales públicos, donde gente sin alma interna a sus parientes enfermos para no procurarlos nunca más.
Gran parte de los magros presupuestos de centros asistenciales estatales, incluido la maternidad La Altagracia y el hospital Darío Contreras, se invierten en compra de insumos y medicinas para pacientes en estado crítico que son abandonados por parientes en las emergencias hospitalarias.
El Ministerio de Salud Pública debería proveer de recursos adicionales a los hospitales que afrontan tan penosa situación y procurar por vía legal que familiares de pacientes abandonados en esos centros respondan civilmente por su inconducta.
Puede decirse que quienes incurren en la irresponsabilidad de dejar tirado a un familiar en un hospital padecen de la la peor de las enfermedades, la que corroe el alma y el espíritu.

