Recuperar los restos de Alonso de Ojeda convertiría a las Ruinas de San Francisco en un lugar de peregrinación histórica mucho más potente de lo que es hoy.
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A Enriquillo se le considera el primer guerrillero del Nuevo Mundo. Su rebelión, motivada por agravios personales en la Sierra de Bahoruco, culminó con el primer tratado de paz entre un líder indígena y la Corona española.
Sin embargo, su legado permanece principalmente en el currículo escolar y en el imaginario popular como símbolo de dignidad.

La búsqueda de sus restos en las ruinas de la iglesia de Iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes, en Pueblo Viejo de Azua, bajo la coordinación de la experimentada arqueóloga Kathleen Martínez, es una labor loable, aunque con escasas probabilidades de éxito, debido a la inexistencia de un referente biológico que permita una comparación de ADN.
Una alternativa viable para impulsar un proyecto cultural sería gestionar la repatriación de los restos de Alonso de Ojeda, sustraídos durante la Revolución de Abril de 1965 y actualmente ubicados en Ciudad Ojeda.
Ojeda es recordado por la captura del cacique Caonabo mediante un ardid —los grilletes de latón—. También fue quien dio nombre a Venezuela, razón por la cual es una figura admirada en ese país.
Según consta en la historia, Ojeda expresó como última voluntad ser sepultado bajo el umbral de la puerta del Monasterio de San Francisco, en la ciudad de Santo Domingo, para que sus cenizas fueran pisadas por todos en un acto de redención perpetua. Tras la profanación y el traslado no autorizado de sus restos hacia territorio venezolano en 1965, la República Dominicana perdió un componente esencial de su patrimonio tangible.

El caballero fue clave en el control español de la isla Hispaniola. En la promoción de la República Dominicana como destino de valor histórico-militar, Ojeda representa el prototipo del conquistador temprano. Su importancia histórica en la isla es innegable, especialmente por su papel en el sometimiento de Caonabo, convirtiéndose en pieza fundamental de la maquinaria colonial española.
Reflexión
La figura de Enriquillo, el primer gran guerrillero de América, está rodeada tanto por la gloria de su rebelión como por el misterio de su descanso final. El panorama de la búsqueda de sus restos es más complejo de lo que aparenta. Hallarlos sería un logro significativo, aunque muchos consideran que no es técnicamente imposible en un futuro lejano.
Los obstáculos históricos y científicos son considerables. Tradicionalmente se cree que fue enterrado en la iglesia de Pueblo Viejo de Azua, pero la zona fue devastada por terremotos, quedando en ruinas con el paso de los siglos, lo que dificulta excavaciones arqueológicas precisas.
Otro impedimento es la falta de una línea de descendencia directa, ya que no dejó herederos conocidos que permitan rastrear un ADN mitocondrial o un cromosoma para una comparación individual. Además, el clima tropical de la República Dominicana —caracterizado por humedad y altas temperaturas— acelera la descomposición del material genético en los huesos, complicando los análisis de ADN antiguo.
¿Esperanza científica?
Algunos investigadores sostienen que la causa no está perdida, pues la ciencia ha avanzado de manera notable. Si se encontraran restos en el lugar señalado por la tradición oral y los registros coloniales, podría analizarse si el perfil genético corresponde a un individuo de la nobleza taína (cacique), lo que constituiría un indicio relevante, aunque no una prueba definitiva.
Sin una prueba de ADN o evidencia arqueológica concluyente —como una inscripción o un ajuar funerario específico—, lo más prudente es reconocer que Enriquillo pertenece más al panteón de los símbolos históricos que al de los restos físicos. Aunque no conservemos su fémur o su cráneo, su figura permanece viva en la cultura, las leyes y el orgullo nacional.
La historia registra casos de tumbas creadas para fortalecer el nacionalismo. El riesgo de hacerlo con Enriquillo sería perder credibilidad si, con el tiempo, nuevas tecnologías desmienten el hallazgo, generando un vacío simbólico y una burla a la identidad nacional.
Mientras Enriquillo encarna la resistencia inmaterial, Alonso de Ojeda representa el arrepentimiento físico.
Recuperar su figura y sus restos convertiría las Ruinas de San Francisco en un punto de peregrinación histórica mucho más relevante que en la actualidad. Podría diseñarse un circuito que incluya el Alcázar de Colón —donde Ojeda tuvo conflictos con Diego Colón—, la Fortaleza Ozama y el Monasterio de San Francisco.
La eventual repatriación de estos restos constituiría un acontecimiento de gran impacto mediático, capaz de posicionar a la Ciudad Colonial en el mapa internacional del turismo histórico vinculado a personajes trascendentales.
