Con los pies descalzos
Jericoacoara. Brasil. Experimentar el placer de andar por las calles con los pies descalzos es posible, si se está en un pueblo con dunas y calles de arena, en el que los carros son pocos y el glamour por lo general anda de vacaciones, para darle paso al confort y a la practicidad. El lugar es como un pueblo imaginado por un escritor. Los burros y otros animales a veces andan a su aire por el pequeño centro junto a gente que camina relajada.
El pueblito son cuatro calles conectadas por pequeños callejones llenos de sorpresas. Mi familia y yo estuvimos allí ligeros de equipaje, sintiendo cerca la brisa del mar y el placer de desconectarse de la rutina. Allí reconfirmé que más que los zápatos amo mis pies descalzos y les agradezco cada paso.
Allí, sentí pequeños peces acariciándome la piel bajo el agua y recordé que en muchos lugares turísticos, se paga caro por entrar los pies por unos minutos en un pequeño recipiente con peces sacados de su habitad natural.
En este pueblo localizado en el nordeste de Brasil, en el día las calles se quedan medio vacías y todos o casi todos se acomodan en las hamacas y sillas con mesas que se colocan en el agua de los lagos y playas para invitar a descansar o comer con gran parte del cuerpo bañado.
En la noche el pueblo se llena de vida con música en vivo y otras actividades.
El lugar se llama Jericoacoara y está lleno de lindos atractivos. Para entrar, dependiendo desde donde se llegue, a veces es preciso cruzar charcos, dunas y otros paisajes un tanto tortuosos pero igualmente interesantes.
Como Jericoacoara, existen otros poblados con características similares, en esa zona que denominan, la ruta de las emociones. Esperemos que la industria del turismo no intente tapar con cemento una parte de la belleza natural de esa zona del inmenso Brasil.

