Bruselas, Bélgica– Cuando se vive en un país de estaciones marcadas, las personas como las flores parecen renacer en primavera, Los parques y las calles lucen como enormes escenarios en los que todos parecen participar de un gran espectáculo para darle la bienvenida al sol.
Todo cambia, los días comienzan a ponerse más largos y la gente se ve más alegre, más ligera de ropa y dispuesta a sacarle el máximo provecho a la buena temperatura que se vive luego de la emoción de la espera.
Cuando se nace en un país de eterno verano, nos acostumbramos a que todos los días son iguales. Eso es bueno, eso es malo. Es bueno por el eterno regalo del sol, el calor y la posibilidad de disfrutar al aire libre durante todo el año. Lo malo es que muchas veces caemos en la monotonía y por saber que tenemos todo el tiempo disponible, nos sometemos al mal de la posposición.
Muchos vamos dejando para luego las playas, los parques y todos los inmensos regalos que otros tienen por tiempo muy limitada.
Ayer fue el primer domingo de primavera y nos fuimos a un parque de Bruselas a tomar el sol luego de tantos días de frío. Fue maravilloso lo que vimos. Nada que ver con días pasados, en los que los enormes abrigos eran los reyes. Ayer vimos la gente aprovechando al máximo las áreas verdes en pareja o en familia.
Todos parecían tener hambre de sol y salieron a comer al sol, a practicar deportes al sol, a compartir.
En las calles de la capital de Europa todas las áreas verdes y las terrazas de los restaurantes estaban llenas y lo mismo vimos en días recientes desde que comenzó la primavera.
Es maravilloso ver estos cambios y el entusiasmo con que la gente los espera.
Ahora me pregunto quien disfruta más: el que tiene mucho y lo aprovecha poco o el que aprovecha al máximo lo poco que tiene.
Ojalá que el dominicano haga cada vez más conciencia de sus riquezas. Que nuestro clima no deje de ser atractivo por ser eterno.

