Cabo Haitiano, Haití.- Viajé a Paris sin haber pasado por la parte Oeste de la Isla de Santo Domingo. Y fue estando fuera de mi patria que sentí ganas de conocer el vecino país, luego de haber pasado por la vergüenza de estar entre amigos de diferentes países que cuentan sus impresiones sobre este exótico lugar del Caribe y me hacían preguntas que no podía responder.
Nuestro recorrido comenzó entrando por Jimani hacia Puerto Príncipe un domingo en la tarde. Las calles llenas de gente, de vida. Todo un colorido espectáculo que hace de la capital de Haití un gran mercado con las canastas de mangos y otras frutas tropicales, el arte en cualquier esquina con las pintorescas guaguas y sus mensajes cristianos y las exposiciones y ventas de pintura haitiana en cualquier pared de la vía pública.
Con razón dicen que Haití es un pedazo de África conservada en América.
Sus tradiciones y creencias mágico religiosas así lo muestran, pero también hay algo de europeo en sus costumbres, en su cotidianidad heredada de los largos años de la colonia francesa.
Para completar y hacer de este país una mezcla de continentes, su paisaje caribeño; su clima tropical con sus playas y su gente.
En ocasiones en Haití me daba la impresión de estar en la República Dominicana de mi infancia, con las mujeres y sus bateas de ropa regresando del rio, con las carreteras sin asfalto que provocan grandes brincos por los hoyos. En otras ocasiones sentía estar en mi país con los paisajes y sus campos, las grandes diferencias sociales entre los ricos haitianos que envían sus hijos a estudiar a Nueva York o a Paris y los pobres que invaden las calles.
En otras, me sentía en un país diferente e inimaginable, un país único y lleno de atractivo para los turistas.
Recorrer parte de Haití fue una gran experiencia que quiero repetir. Ahora ya no me quedare callada cuando alguien lejos de mi país me hable de los paisajes y las características del país vecino a mi patria.

