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Entre Sábato y  Borges

Entre Sábato y  Borges

Cuando al ilustre coterráneo de Ernesto Sábato que se llamó Jorge Luis Borges le comunicaron la decisión de éste de dejar de escribir, el siempre irónico y cortante autor de El Aleph lamentó: «hemos perdido a un gran físico».

El comentario, de una ironía que era de esperarse en él, connota lo difícil que resulta, en ocasiones dramáticamente, ser contemporáneo de una lumbrera literaria, viviendo, para peor, en el territorio.

El no haberse referido para nada a obras como El Túnel, que es aclamada en algunas literarias, ya es de sí, una crítica adversa.

En algo que se parece bastante a una respuesta elegante, de sesgo, Sábato declaró que Borges de tan cultivado que era -o algo parecido a eso- iba a terminar plagiándose a sí mismo.

Aquello no era una polémica, absurda por demás, entre dos autores argentinos, pero, ante quienes lo acusaban de hurtador de conceptos ajenos, entre los que terminaron por agregarse los académicos tardíos de la academia sueca del Nóbel, Borges dijo que toda obra literaria destacada ya no pertenece a su autor si no a la cultura y a la tradición.

Borges, para no hacerle el desaire a su interlocutor, enalteció al físico destacado que era Sábato pero se abstuvo elegante y socarrón, de ponderar al autor de relatos.

Sin embargo, en Sábato se registra unos aportes de importancia.

Ya desde la muy bien cimentada Grecia retruenan los ecos de las competencias de los grandes creadores que se mecen entre glorioso y lo trágico.

Toda competencia que se decide por el perfeccionamiento libre de envidias u otras plantas rastreras merece ser bienvenida.

Sábato, sin ser mediocre, se encontraba siempre bastante lejos del gran Borges se va a instalar por unos buenos siglos en la conciencia de sus mejores lectores.

Sábato, con su modesta obra a cuestas, habiendo quemado y hecho desaparecer la mayor parte le lo que escribió, no se sabe si para bien o para mal, de la historia literaria, será lamentablemente olvidado en un tiempo que sólo la luz del ministerio podría recordar.

Siempre habrá el hábito la oportunidad de volver a Borges al menos en todo este milenio, pese a que él previó, innecesaria a inexactamente, lo contrario.

Claramente, si es que estos siglos y horas y días de grandes avances y acontecimientos portentosos que estamos teniendo no se ven empañados por algún asteroide con buena puntería camino a la tierra.

Alguno de ellos, como prevé la ciencia, se acercará lo suficiente o quizás algún loco, que ya no debería apellidarse Bush, lo cual es irrelevante a los fines de las doctrinas de exterminio, no le da por oprimir el botón nuclear de a1gunas de las potencias más relevantes y se decida el fin de toda angustia y de toda esperanza antes del tiempo previsto en los ejercicios proféticos que alguna vez estuvieron en boga y que el folclor religioso mantiene vigente como tema de control ideológico de millones de seres humanos.

El Nacional

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