Por más abrumada que pueda estar la población por el cúmulo de calamidades, escándalos y muchos otros problemas, en modo alguno se puede pasar por alto la creciente incursión de menores de edad en el peligroso negocio de las drogas. Con el mismo dramatismo de otros tiempos, la práctica, que es mejor enfrentar que ignorar, vuelve a repicar su llamado de alerta.
Entre una cosa y la otra, en las últimas horas, según la Dirección Nacional de Control de Drogas (DNCD), han sido detenidos sólo en el Distrito Nacional 13 jóvenes de entre 13 y 17 años de edad ligados a la venta de estupefacientes. Y ni hablar de la gran cantidad de muchachos que han caído en las garras de la criminalidad y la delincuencia callejera. Sobran los ejemplos en cuanto a que muchos de los sucesos más espantosos han sido cometidos por menores de edad o jovencitos que apenas han superado la adolescencia.
Las horrorosas estadísticas no son para que la sociedad, por más perturbada que esté por el deterioro social y moral, se conforme únicamente con espantarse. Las clarinadas son para pensar en respuestas eficaces ante males que se incrementan en sus propias narices.
Conforme al reporte de la DNCD barrios populares como Villa Consuelo, Villa María, Villas Agrícolas y Capotillo han sido los más propensos a la incursión de jovencitos en el tráfico de drogas. De proponérselo, a las autoridades no les costaría mucho esfuerzo determinar las causas de la preocupante relación social. Pero no sólo para identificarlas, sino para enfrentarlas a través de políticas eficaces.
En un medio abrumado por toda suerte de calamidades puede parecer mucho pedir que la lucha contra el narco competa también a la sociedad. La verdad es que la familia debe tener una participación más activa para combatir un flagelo que corroe sus cimientos. El miedo o el alivio que producen unos pesos no pueden convertirse en óbices para denunciar a los responsables de que jovencitos tengan que trillar el narcotráfico, en lugar de prepararse, para ganarse el sustento.
