Opinión Articulistas

Erick Vicioso

Erick Vicioso

Chiqui Vicioso

No sabía que tenia un primo, más bien hermano, hasta que participé en una primera reunión del Comité por la Defensa de Derechos Humanos en República Dominicana, en New York.

A ese Comité, que dirigía Dinorah Cordero, junto a Juan Daniel Balcácer, Rafael Núñez, Edgard Paiwewonsky, Alexis Gómez Rosa y Paco Rodríguez, entre much@s otr@s llegó un joven alto, muy buenmozo y afable llamado Eric Vicioso, quien enseguida me asumió como familia.

Hermano de Rosa María Vicioso y la otra Chiqui, Eric emigró a USA muy niño, donde estudió Sociologia en Rutgers University, graduándose con honores. Cinturón negro en karate, aventurero impenitente, Eric practicaba casi todos los deportes, distinguiéndose en tennis, pasión que heredaba de su padre.

Desde muy temprano comenzó a simpatizar con la izquierda dominicana, en particular el MPD, del cual se apartó horrorizado (como muchos otros y otras) cuando el asesinato de Miriam Pinedo, por el presunto agente del a CIA y carnicero Manolo Plata, que en paz nunca descanse.

Posteriormente Eric se integró a los Corecatos, que dirigía Miguel Cocco, donde por sus habilidades (Eric pilotaba, navegaba, saltaba en paracaídas, y era un extraordinario tirador) y, su absoluta falta de temor, por lo que asumía cualquier tipo de tarea por difícil o imposible que pareciera, lo apodaron como James Bond. Valiente, lo vi coger por el cuello a un par de supuestos ultraizquierdistas que habían ido a boicotear una misa que teníamos en la Iglesia San Patricio para Amaury, Virgilio y los Palmeros. Primero los chocó entre sí y luego los estrelló contra los muros, provocando una desbandada.

Su generosidad era proverbial. Eric tenía un desdén de gran señor por los apegos materiales y, era capaz de regalarte lo que te gustara de su casa, desde un piano a una escultura africana. “Todo pasa y todo queda”, decía parafraseando a Serrat. Nunca vaciló en acompañar a sus amigos al hospital o la cárcel; así como en convertirse en padre adoptivo de niñas y niños huérfanos de padres vivos.

Su último gesto hacia mi fue llevarme al Gran Cañón, en Arizona, patria de Susan, su esposa-vaquero, con la que salía a cabalgar y a !torear!.

Con él recorrimos el Gran Cañón, esa maravilla de la naturaleza solo comparable con Caffayate, en el norte de la Argentina.

Es por eso que en medio del llanto se me escapan algunas sonrisas, porque Eric disfrutó la vida no como un ejercicio de privilegiada individualidad, sino como praxis de solidaridad con l@s condend@s de la tierra. Y, supo hacerlo con alegría, como Fusick; “Vivo y muero por la alegría, que nadie asocie mi nombre a la tristeza” y, Fidelio.

Ese es ahora, mi único consuelo.