Opinión

Escritos apresurados

Escritos apresurados

Vejez permanente

Aquella noche del mes de diciembre del año dos mil ocho encontré a mi viejo amigo haciendo ejercicios con pesas en el amplio patio de su residencia, ubicada en un sector capitaleño de mediana y alta clase media.

Conocedor de que el hombre andaba por los setenta y dos años de edad, la curiosidad de me llevó a preguntarle con cuantas libras realizaba aquella jornada de gimnasia geriátrica.

-Algunos ejercicios, como el press en la banca, lo hago con veinte libras, y el resto con quince- respondió con ufana expresión en su rostro, lo que provocó en mí una interrogante.

– ¿No crees que te estás excediendo con esa cantidad de libras, si tomamos en consideración tu carga pesada de años, y tu escasez de kilos?- le dije, con absoluta convicción.

– Lo que ocurre, Mario, es que siempre me han gustado mucho las mujeres, y sé que a ellas seguramente no le pueden agradar mis carnes blanditas, sobre todo las que cuelgan de mi cocote, que me hacen parecer un gallo viejo mirando hacia arriba

La importancia que el pesista geriátrico daba a esto último quedó demostrado cuando comenzó a girar el cuello de un lado a otro, y luego pasó a moverlo mientras le oponía la fuerza de sus manos.

-El primo que me vendió el juego de pesas me dijo que estos movimientos desarrugaban esta parte del cuerpo, que es desgraciadamente la primera que comienza a descricajarse con el paso de los años- mientras se trasladaba de la silla que ocupaba hacia el banquito de hierro.

Segundos después lo vi levantar la barra con el peso añadido, uniendo fuertes resoplidos a cada repetición, las cuales llegaron a diez.

-Este es el mejor ejercicio para ensanchar el pecho, y al mismo tiempo endurecerlo hasta convertirlo en una especie de hormigón, o concreto muscular. Dentro de dos o tres meses no me vas a reconocer cuando me veas con mi estampa de fortachón- expresó, aspirando el aire profundamente, que luego expulsó vigorosamente.

En esa etapa de nuestra amistad apenas nos veíamos, por lo que tardé casi un año en coincidir con él en un supermercado.

-¿Sigues con las pesas?- pregunté, aunque adivinando la respuesta, porque su flaquencia era la misma.
-Que va, las vendí, porque no me dieron el menor resultado, pues el pescuezo ganó arrugas, el pecho se achicó, y un eco cardiograma mostró que no estoy bien del corazón. Hoy se que nadie puede con la vejez.

Con suave palmada sobre mi espalda, el hombre se dirigió hacia otro pasillo del establecimiento comercial.

El Nacional

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