Porque Cuando montes el tigre, será difícil apearte. La única manera es matándolo
¿A qué extremo han llegado nuestros políticos? Sería una buena pregunta. Pero, como un buen ejercicio mental, resultaría aún mejor preguntar; hasta dónde y hasta cuando permitirán los verdaderos políticos que los advenedizos, ya sea por intereses económicos o por lo que sea, continúen prostituyendo la noble carrera política, aquella que fue definida por Duarte como la ciencia más pura y digna después de la filosofía. ¿Hasta cuando?
Hasta cuando continuaremos con este nada de nada en nuestra existencia como país, en este nada de nada en nuestras manos, con esta incertidumbre, con esta esperanza de nada, con este maldecir sin aparente sentido, con este deseo de nada, con esta apatía de hijo sin Patria o de Patria sin hijo, ¿hasta cuando?
Se dice con bastante propiedad, que la primera palabra pronunciada por el hombre recayó en un verbo, esto es, en un imperativo. Y, desde esos tiempos, cuando se hace uso de un imperativo hay que tener mucho cuidado de no obtener resultados contrarios, principalmente, cuando el que los utiliza no conoce las derivaciones del mando y mucho menos, las reglas ocultas del juego o peor aún, finge no conocerlas.
Cuando se pretende jugar al paso del tiempo y como consecuencia, al olvido, son muchos los peligros que se crean, porque si aquellos llamados a ejecutar sufren de laxitud moral, entonces no hay ojos para ver ni oídos que quieran escuchar, aún a sabiendas, que cuando aquel llamado a cumplir el mandato, se hace el desentendido, termina por hacer lo que le viene en ganas.
Los complejos constituyen una de las peores enfermedades ocultas que transforman el comportamiento de un ser humano. De pobre llegar a ser rico, pretendiendo ocultar, erradicar de raíz ese pasado, que imperceptible carcome el alma en las noches donde sólo se conversa con sí mismo, llenándolo de odios, rencores y amarguras, todo lo cual le envenena la existencia con hiel, cambiando su comportamiento y desempeño como ente humano.
Ya lo estableció Protágoras, que el hombre es la medida de todas las cosas: de las que son, en cuanto son, y de las que no son, en cuanto no son. Por eso las excusas y las justificaciones descabelladas para justificar todo aquello que no debe de ser. Es verdad que la moral es cultural y totalmente cambiante por épocas o lugar y lo que se considera inmoral en un época es posible que en otra no lo sea pero, hay que estar claro en que todo aquello que sea moralmente permitido no necesariamente éticamente lo sea.
Precisamente, porque la ética responde a leyes universales perennes es que hay que ir más allá y ver qué sentido tienen esas normas que se pretenden establecer como un hecho de la época y preguntarse quién, porqué, y para qué, porque no todo es farándula, política barata, clientelismo, prepotencia y altanería, ego inflado, no señor, el problema es que el contenido del diálogo está por el suelo y el argumento que se expone es extremada y simplemente, mediocre.
Bien escribió, quizás porque los conoció muy bien, el premio Nóbel de literatura Bernard Shaw, cuando refiriéndose a los políticos plasmó esta hermosura: Los políticos y los pañales se han de cambiar frecuentemente y por idénticos motivos.
La pretendida hipo ignorancia de la historia lleva a muchos políticos a ser deshonrados por las traiciones ajenas. Esas mismas que ellos permiten y por lo tanto se hacen cómplices de las mismas y además, con eso incitan a otros a continuar dentro de un marco de impunidad.
Llegado un momento, esta situación convierte a los hombres honestos, en miembros selectos a formar parte de los candidatos a la persecución y al exterminio.
Pero, como dijo Hermógenes, que las palabras son convenciones establecidas por los hombres con el razonable propósito de entenderse, recurro al profesor Bosch en su libro Judas el Calumniado, cuando se refiere a Mateo y una de sus contradicciones con el personaje: El que iba a entregarle les dio una señal diciendo: Aquel a quien yo besare, ése es, prendedle; pero más abajo copia estas palabras de Jesús: ¿Cómo a ladrón habéis salido con espadas y garrotes a prenderme? Todos los días me sentaba en el templo a enseñar, y no me prendisteis. Continúa el profesor Bosch escribiendo: Claro, Jesús tenía que sorprenderse ( ); no hacía falta que uno de sus discípulos le diera un beso para identificarle.
Comprenden, ¿he? Claro que si comprenden. ¡Sí señor!
El poder nada tiene de halagüeño cuando sólo sirve para atemorizar y atraerse las maldiciones de los hombres.
H. Dietrich.-

