Con la bulla, el ruido y la parafernalia, nos quieren atontar
Porque No abandones las ansias de hacer de tu vida, algo extraordinario.
No podemos permitir que el ruido, la bulla, el escándalo estruendoso, las fanfarrias y la turbidez del sonido nos disloquen, nos alteren y traten de confundirnos.
No podemos permitir que las argumentaciones vacías, disfrazadas en medio de los estruendos y ruidos, nos distorsionen el bien pensar, verbigracia, como aquello de que hay funcionarios que la ley no los obliga a renunciar al uso, usufructo y abuso de los recursos del Estado o a tomar licencia por ser candidatos, porque si manejan cientos de millones de pesos o de lo que sea, entonces, estamos justificando impúdica y vergonzosamente esa indelicadeza. Estamos admitiendo, como bueno y válido, que esos hechos están correctos porque la ley no lo especifica, pero y, ¡ética y moralmente qué!
Claro está, que esas son las mismas leyes que han hecho los políticos para dejar abiertos senderos y trochas por los cuales ellos mismos se burlan de los demás ciudadanos comunes y corrientes. Volvemos a decir ¡de los pendejos!
Pero nada, en lo que transcurre ese jueguito perverso, cobarde, mafioso y corrupto las bocinas se encargan de la bulla, el escándalo y más, mientras se dilapidan los recursos públicos dando a diestra y siniestra y con el mayor descaro, pensiones como si fuesen plátanos, a personas sanas y que producen quizás más que cualquier profesional que se faja de sol a sol pero que, además, nunca han cotizado un solo centavo como manda la ley, mientras a otros se las niegan, dificultan o mutilan.
Toda una vida esperando y cotizando por una pensión, como los infelices de los ingenios, mientras otros graciosamente, por puro clientelismo, se las confieren como si no existieran las leyes. Después se quejan cuando pasa la temporada circense, porque quizás, en medio de tanta bulla, creada específicamente con la intención de perturbar, de desviar la atención de la gente, para distorsionar hasta la capacidad de pensar es que quizás, solo quizás, muchos ya se están cuestionando si en algún momento o lugar, en verdad, están haciendo falta pantalones.
Mientras tanto, por doquier, aquí, allá fuera, ruido, mucho ruido, tanto ruido producen que molesta, aturde, que intriga y que ya, a muchos asusta, mientras viven en un silencio espantoso, cobarde, que les roba hasta la vergüenza.
Disfrutan al máximo el pánico que produce su bulla y no me refiero a un televisor prendido o a la radio que escucha la vecina, ni tampoco a las bocinas estridentes del camión de la basura o del agua, no, ese ruido lo toleramos, es como parte de nosotros y del diario vivir. A esos ruidos estamos acostumbrados no choca contigo ni conmigo, no nos hiere, no nos persigue.
Por encima de eso sigue existiendo otro tipo de ruido, muy a pesar de los intentos de algunos por bajar la voz, porque creen tener la piedra filosofal en sus garras y que en sus palabras está la verdad jamás escuchada. Ese ruido criminal va de oído en oído y boca en boca pregonando lo que les venga en ganas.
Es el ruido peor, un ruido maldito, sin intención de que se escuche, cual hiedra venenosa que va justo a la yaga y que aún tratando de tapar nuestros oídos se puede escuchar fuerte y claro. Algunos buscan alimentar el morbo, otros tantos hacerse los teóricos, malditos todos. Si dije o no, si hice o no, si fui o no todos hacen ruido. Sí, hacen tanto ruido que no permiten escuchar lo que pienso y quizás por eso, en ocasiones, muchos, al igual que yo, hemos preferido no hacer eco, hemos preferido el silencio.
Este tema hay que continuarlo, mientras me sacudo la cabeza, me froto las manos, respiro e intento inhalar profundo, cierro los ojos. Busco callar el susurro que desespera, peleo conmigo mismo por intentar encontrar espacio en donde no exista el vocabulario. Rabia, dolor e impotencia, carajo.
Cuando al fin creo haber logrado que se desvanezca el infernal ruido, a lo lejos, el silencio vil me invade, me nubla, me atormenta y me dan ganas de romperlo con un grito de impotencia que libere todo lo que he callado. Me importa que en medio de esa impotencia broten lágrimas como si fuesen gotas de sangre, no importa. Total, dicen que las penas y frustraciones y más las creadas por la impotencia ante este desvergonzado circo de ruidos, malquerencias e indelicadezas, siempre producen dolores, penas y frustraciones que hay que lavar, mejor que sangre, en lágrimas y llegado el momento, tanto una como la otra, simplemente hay que dejarlas correr para lavar estas atrocidades. ¡Sí señor!

