Opinión

ESTO PIENSO, ESTO CREO

<P>ESTO PIENSO, ESTO CREO</P>

El buen proceder, ayer como hoy, es casi un suicidio

 

Porque… “El poder no corrompe; más bien, desenmascara”.

 

Me quedo buscando, cual ciego en un lugar extraño, aquellas cosas que antes eran comunes y muy familiares y que hoy, -vaya mala suerte-, se han esfumado, como humo de vela en un santero. Qué desilusión más grande, y todavía no se ve el clarear del amanecer.

 Al parecer, hasta la famosa palabra del gallero ha dejado de existir, al igual que la preocupación –antes natural-, por los desposeídos y todo aquel que padecía algún tipo de dolencia o carencia, inclusive de amor,  amistad y hasta de cariño familiar, todo se ha ido por la borda.

 Por igual, y para desgracia general, al parecer, se ha convertido ya, no solo en una enfermedad, sino, en una pandemia. Solo eso podría explicar, la única opción que nos dejan pensar muchos  e “influyentes” políticos, funcionarios estatales y privados, sobre la seguridad del ser humano, en sus más variadas y amplias gamas.

 Este tema carece de importancia para estos personajes, unos por “hache” y otros por “erres”. La increíble heterogeneidad de los intereses particulares de estos señores, dueños y amos, sobre  lo que se debe o no hacer en este país, nos conducen como burros con anteojeras, por caminos sin orientación alguna.

 Por rutas inseguras, humana, moral y éticamente intransitables, bajo el engañoso, irresponsable, vacío e indescifrable tema de una globalización utópica, cuya única realidad, se encuentra en las mentes calenturientas que solo perciben idílicas situaciones, sin que perciban la maldita corrupción, que mina la seguridad de todos los demás que no participan de la infame bacanal.

 En ocasiones desearía preguntarles a muchos de estos con los que he tenido o tengo amistad, que me digan cómo le explico a mi otro yo -ese que es su amigo-, cómo diablos puedo justificar o hacer más suave el decir sobre sus comportamientos. Díganme, cómo le explico a ese otro yo para que entienda que para mí son otros muy diferentes, muy distintos a los cuales conocí, díganme, carajo, cómo le explico.

 Maldición de aquellos, como lo expresó el religioso Wright, durante la apertura del Senado de Kansas, en los Estados Unidos, si, maldición de aquellos que llaman “bien” lo que está “mal”. Hemos recompensado la pereza y la hemos llamado “ayuda social”. Hemos abusado del Poder y hemos llamado a eso “Política”.

 Todo esto me recuerda al hombre que moldeó el pensamiento y las costumbres de la China medieval, sin pretender ser santo ni  profeta y mucho menos poseer la clave de los secretos del Universo. Me refiero a Confucio. Ese, que en medio de la China feudal y corrupta, propuso una nueva ética personal basada en la idea de justicia y le confirió al termino “nobleza” un sentido de perfección moral.

 Pero el ser humano siempre ha sido el mismo. La historia no es más que la repetición cada cierto tiempo de los mismos hechos. Y tanto es así, que lo sucedido a Confucio, el cual luchó y luchó con los jefes de la época, para que le confiasen cargos importantes en la administración pública y le diesen ocasión de llevar a cabo las reformas que requerían y después de haber obtenido ser gobernador y convertir la ciudad en algo modélica, de la noche a la mañana, fue despedido.

 Y la razón fue simple. Había cambiado el desorden por el orden, combatió las supersticiones y la subordinación del pensamiento al deseo, organizó una sociedad bien avenida en la que la relación entre el soberano y súbdito fuese la misma que entre padre e hijo, sin creer en la aristocracia de sangre y todo esto, al igual que ahora, era y es inaceptable, porque eso significa proceder con más franqueza de lo que conviene a un político.

 Todo esto es así de simple, antes, ahora y después, porque para la clase política, y más para los enganchados a la política, este proceder es como obligarlo a tomar cicuta. ¡Sí señor!.

El Nacional

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