Opinión

ESTO PIENSO, ESTO CREO

ESTO PIENSO, ESTO CREO

Con todo en decadencia, menos,  la indignación y la rebeldía

 

Porque… “Honra tu palabra. Lo que sale de tu boca eres tú”.

 

Doloroso inicio para lo que sea pero, no es como propalan algunos “hijos de vientre público”. Este país está lleno de personas serias, honestas, de moralidad incuestionable, y esto incluye a muchos políticos, abogados y hasta periodistas, que jamás permiten el mal ni promocionan la maldad. En su vida y accionar, solo la transparencia, la disciplina, la lealtad y el decoro han sido, son y serán su norte, a diferencia de los muchos malaleche que intentan y pregonan lo contrario.

 Son los mismos que cuando se arma el “sal pa´fuera”, cogen las de Villa Diego y ni siquiera el celaje se les ve. Pero eso sí, inmediatamente pasa la avalancha, son los primeros en hablar como loros y reclamar nombradía y heroísmo sin ningún tipo de enfado.

 Mientras tanto, y en lo que llegue ese momento, hay que recordar a Martín Luther King cuando expresó que “no me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que más preocupa es el silencio de los buenos”.

 Dentro de este variopinto de personajes, artistas de la infamia, del engaño y la manipulación, nos encontramos con verdaderos “camajanes” que nadan en todo tipo de mar, sin mojarse la ropa, y otros tantos que adquieren fama y nombradía, con los más variados y subjetivos nombres y argucias para agenciarse falsas heroicidades y todos, absolutamente todos, olvidan su transitoriedad por esta vida y la increíble, enigmática, maravillosa  y compleja imprevisibilidad de las circunstancias.

 Se dice que “La distancia es el alma de la belleza”, pero, al igual que la maldad, qué difícil se hace poder mantener la distancia, la influencia de las mismas y el efecto que estas producen en las personas de concepto. Que desgracia, que todo este mal nos persiga y nos dé seguimiento, como la sombra lo hace con el cuerpo en movimiento.

 Pretendemos, como ahora se expresan los jevitos, estar “trankilos, kietos y callados” pero, de hacerlo así, corremos el riesgo de que nos pase como le escribió un político de nuevo cuño, a uno de sus seguidores, cuando debían ir a un lugar medio peligroso, en un barrio donde es líder, monarca y rey: “be tú, ke yo te epero akí, ke toy lleno de joya y lo ladrone me puen freí”. De igual manera a lo que se quiere expresar con esta perla de mensaje, es lo que nos puede suceder por el hecho de permanecer “kieto, trankilo, y callao”. Que perla, por doquier.

 Y todo esto acontece, porque si pudiésemos elaborar una lista –sería interminable– de aquellas personas que pretenden ignorar a dónde pertenecen en verdad, y de la cuál forman parte, ya sea por sus orígenes, raza, color o comportamiento nos daríamos cuenta del por qué actúan de la manera como lo hacen. Unos con premeditación y alevosía, y otros tantos por ineptitud, falta de formación,  prepotencia, arrogancia o falta de ubicación.

 Por eso, al decir del filósofo Teofrasto, discípulo de Aristóteles, autor de la obra de los Caracteres, donde describe más de treinta tipos diferentes, al comparar los yerros o errores que comete el hombre a diario, debido a su inestable carácter y según el sentido común –el menos común de los sentidos–, son más graves, aquellos cometidos por concupiscencia que aquellos cometidos por cólera.

 Y que esto era así, porque mientras el primero se parece más bien al que ha sufrido con anterioridad una injusticia y se ha visto obligado  a encolerizarse ante la tristeza, el segundo se ha visto impulsado por sí mismo a cometer o permitir injusticia, inducido a hacer lo que hace por concupiscencia.

 Por esa cadena de cosas, indelicadezas y abusos, que parece interminable y que a diario nos acosa, es que estamos como estamos, jodidos, bien jodidos, y por eso surge ibídem, sí, de allí mismo, de allá, bien profundo, desde el mismo hondón del alma, la rebeldía ante la irresponsabilidad, el abuso y la prepotencia de algunos “cualquerizados” que viven como perros, lamiéndole la bota al amo. Supeditados, atrapados, cogidos por el cogote, por las manos del factótum, que está detrás del rey, cual titiritero moviendo los muñecos. Y aún así, parlotean cual si fuesen gente. ¡Sí señor!

El Nacional

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