Opinión

ESTO PIENSO, ESTO CREO

ESTO PIENSO, ESTO CREO

Entre diagnósticos, vanguardismos, liberación y políticos,  la sociedad se desvanece

Porque… “Los hombres de Estado son como los cirujanos: sus errores son mortales”.

Es la misma piedra en el mismo camuflado camino y el mismo golpe que nos hace parecer un animal irracional. Podríamos muy bien quedarnos con el poeta Antonio Machado “en esta tarde  de primavera,/tibia tarde de marzo,/ que el hálito de abril cercano lleva;/ y estoy solo en el patio silencioso,/ buscando una ilusión cándida y vieja/ alguna sombra sobre el blanco muro/ algún recuerdo en el pretil de piedra/ de la dormida, o, en el aire/ algún vagar de túnica ligera”.

 Pero, es imposible, no percibo siquiera el cantar del gallo, el sonido del agua al correr o el alegre trinar del pajarito. Es como si la nada se hubiese apoderado del alma, dejando el vacío de gratos recuerdos y esperanzas. Vano intento de escapar de la realidad que nos arropa y del aire viciado que nos obligan a respirar. Al parecer, tendremos que convertirnos en mutantes para pretender creer que esto es vida.

 Mientras tanto “en el ambiente de la tarde flota ese aroma de ausencia/ que dice al alma luminosa: nunca, y el corazón: espera”.

 Esperar quizás que lo moderno y vanguardista nos devuelva el alma humana y que la acelerada modernización nos permita rescatar los valores que se han perdido. Hoy, con la mujer liberada y modernizada hemos ganado en “libertades” pero increíblemente hemos perdido el hogar. La mujer se ha igualado en derechos al hombre y como él se la busca en las calles mientras los dos se liberan de la formación de la familia, donde todo se resuelve por el teléfono a distancia. Mientras tanto, la cría y su formación ética, moral y física es llevada por personas extrañas en los colegios y por las nanas.

 Después, los lamentos que ya son alaridos ante la pérdida del clan familiar que cual deslave, acarrea consigo la sociedad, hacia la peor degradación funcional que hasta el momento se haya percibido. ¡Joder! Y pensar que todo esto es una triste y bochornosa realidad o, de lo contrario, fíjense en  nuestra clase política.

 Es un tsunami; un terremoto; el depósito de gas propano que colapsó, no, es que estamos en campaña, llevada a cabo por nuestros políticos. Eso es lo que hace el aire irrespirable. Es que en medio de tantas justificaciones para justificar lo injustificable, es bueno recordar a los ineficientes políticos funcionarios, que lo que distingue la eficiencia profesional, la fertilidad de lo moral, ético, material y humano, es la manifestación que se ve y se siente al través de la coherencia entre la oratoria y el accionar.

 ¡Ya basta! Hay que ponerle fin a esta era de cumbres, talleres y diagnósticos como han expresado muchos. Ya está bueno de elegir políticos que en vez de elaborar políticas para el bienestar y la gobernabilidad en general, se dediquen a ser los buenos, dando y regalando los recursos del erario público, creando nuevos ejércitos de parásitos al cual ingresan cada día más por medio del populismo de estos señores y que ya ascienden a más de tres millones de escorias, solo para ellos crear falsos liderazgos.

 Por eso estamos en el último lugar –que debería decirse el primero– entre los países con peor clasificación en materia de confianza, de transparencia, que vienen a ser las últimas palabras diplomáticas cuando se quieren referir a la corrupción. Constituyendo esto la razón por la cual más del diez por ciento de la población padece de hambre.

 Y, como la historia se repite, a una situación parecida se refirió Federico García Godoy cuando escribió “Ulises Heureaux, no obstante sus tremendos errores, dio, por lo menos, paz material a la sociedad dominicana; pero los ulisitos posteriores, sin dar paz material ni moral, solo han sabido exacerbar nuestros males, agravar nuestros crónicos personalismos, sembrar de desolación, de exacciones, de patíbulos el territorio dominicano”. Y todo esto es así porque nos dirigen verdaderos dinosaurios organizativos que nos han colmado de indignidad nacional. ¡Sí, señor!

El Nacional

Es la voz de los que no tienen voz y representa los intereses de aquellos que aportan y trabajan por edificar una gran nación