Opinión

ESTO PIENSO, ESTO CREO

ESTO PIENSO, ESTO CREO

Nos quieren acostumbrar al caos, y a una denigrante genuflexión moral

 

Porque… “Cuando un ladrón ya no encuentra ocasión de robar, se cree un hombre honrado”

 

Todo tiende a perpetuar el caos. Es un accionar generalizado, donde al parecer, se concentran todas las miserias, bajezas y prepotencias de un poder que pretende no tener límite, y donde el capricho es amo y señor.

 Me indigna el aire viciado que me obligan a respirar. Me indigna el tener que escuchar, ver y sentir, lo que escucho. Me indigna que hayan matado a Trujillo para nada, si, lamentablemente, lo poco que ha cambiado ha sido para peor. Democracia pendeja para que exista un grupo privilegiado que ejerce una tiranía más perversa que el mismo Trujillo, llevada a cabo por sordos y corruptos, ensimismados en su mediocre ego.

 La hipocresía de los nuevos trujillitos donde se conjugan la suma de todas las bajezas, egoísmos y malas ambiciones pero  carecen del coraje y los pantalones para comportarse con valor. Son en sí, “la representación suprema del estado miserable de un alma en el error más absoluto”.

 Por eso, el futuro que les espera, será igual a la suma de todas sus maldades, flaquezas e iniquidades. Porque les falta lucidez moral, y sobre todo, conciencia. Por otra parte, nuestro gran problema no es la ausencia o carencia de leyes, sino, más bien, el no cumplimiento de las muchas existentes. Por ejemplo; la tan maneada y vapuleada ley orgánica de las fuerzas armadas, la cual, lamentablemente, morirá virgen.

 Ellos se deslizan por la parte más cómoda, para evadir responsabilidades a la hora de ejecutar las leyes. Porque eso y no otra cosa, por más decir y no extendernos mucho en este mar de incongruencias, es el último trato con los buhoneros de la Duarte con París, para hacerles una plaza. Para que se comprenda bien, ¡ganó la ilegalidad!; ¡ganaron “los pobres padres de familia”!

 Y con todo esto, unos cuantos descarados aún insisten en hablar sobre la falta de leyes, cuando ellos mismos no son capaces de hacer cumplir lo establecido y siempre ceden ante la ilegalidad, dando como bueno y valido lo ilegal que ostentosamente dicen querer erradicar. ¡Descarados! Vaya usted y otros cuantos más y plántese en cualquier lugar, ponga su negocio y despreocúpese del resto, eso se arregla después.

 Recordemos el caso de las afueras de Villa Altagracia, en las tierras del CEA invadidas y convertidas en casuchas por turbas que en esos lugares hacen huelgas, piden calles, hospitales, escuelas, agua electricidad, etcétera. Amenazan con su voto a los políticos que se arrodillan ante sus reclamos. Esta historia se repite a diario en la geografía dominicana. Es un reflejo del desorden institucional en el que hemos caído. 

  Nada tiende a detener el caos, y más ahora que los “pobres padres de familia” han encontrado la manera más sencilla para burlarse de las leyes y sacarle la lengua a todos los políticos y “autoridades” –ay, ¿las hay?- que en algún momento los han utilizado a ellos como mamparas para obtener sus fines políticos y que hoy, ya tarde, se han dado cuenta que esos  llamados “desposeídos” son quienes han jugado con sus propias reglas; “ganar sin lucha violenta”, como la oveja mansa, que se chupa su teta y la ajena.

 Mientras aumenta el desorden, los embaucadores, vividores de la política, se acrecientan día a día, en base a un discurso rancio y desfasado, articulado, al parecer, como si fuese producto de una recopilación añeja de aforismos y analectas, que de tanto pronunciarlos, hasta ellos mismos ya se han acostumbrado a creerlo.

 La libertad del hombre no es solo poder caminar por las calles, ni mucho menos una libertad basada en dos supuestos o rechazos siameses, como son las tiranías -aunque sean del nuevo modelo que llaman democráticas- y las servidumbres, donde el hombre pierde sus principales atribuciones como ser humano, donde se pierde la dignidad y el decoro y donde se confunde servidumbre con lealtad y donde la formula clásica de convivencia se pierde. Esto es, gobernar y ser gobernado.

 Quizás por eso, el cuidado y la delicadeza deben  existir para no confundir la personalidad política y social de un hombre en el cual han incidido tantas experiencias morales y éticas que han marcado su accionar de vida, donde las ofensas no son admitidas, porque esas heridas no sanan fácilmente, como lo hacen en el cuerpo y los sentimientos de los cualquerizados y las lacras.

 No curan y salen a flote cuando menos se espera, como surge el recuerdo doloroso de la Madre, siempre presente, que martilla y martilla, desde lo más profundo, como daga clavada en el pecho. Así de dolorosa son las ofensas, igual que el proceder manifiesto de genuflexión moral al que nos quieren acostumbrar. ¡Si señor!

El Nacional

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