Esta tarde, viendo el mar jugar con la arena, de repente el corazón me late sin armonía al recordar aquel día que no quisiera rememorar, cuando amaneció brumoso, feo, con nubes negras que no eran de agua. Se escuchaban truenos como si algo no anduviera bien por los cielos, como si se estuviesen llevando agrias disputas entre los ángeles. Definitivamente algo no estaba bien.
La atmósfera estaba tan cargada que el mismo Dios entró en la disputa para poner a los ángeles en su puesto, que sin consulta alguna habían tramado llevarse de la Tierra a un ser pequeñito que más que un ser humano era un bello capullo cuya belleza, inocencia y sencillez los cautivó y quisieron tenerlo a su lado.
No habían tomado en cuenta al Todopoderoso, que al darse cuenta de cómo trataban de llevar a los cielos, por medio del ahogo en una vulgar bañera, al bello capullo, tronó y exigió respeto y exclusividad como único dueño de tan hermoso ser, el cual habría creado inspirado en los poetas terrenales que de manera magistral habían interpretado su sentido de la belleza, la inocencia y la ternura.
Vale decir, que aquellos ojos que los ángeles querían disputarse eran producto de una tarde como esta, cuando un bardo lo intimidó al decir que: Si Dios segase toda fuente de luz, el universo entero se alumbraría con esos ojos que tienes tú. Pero, si un día lleno de agrios enojos, Dios esos ojos cerrase, aún él no podría tender la sombra sobre la nada, porque aún así el mundo se alumbraría con el recuerdo de tu mirada.
De delicadeza, hermosura y terneza llené ese frágil cuerpecito para ser disfrutado por mí y todos los humanos de noble corazón. Muy a pesar de que después de haberlo hecho recibí muchos mensajes de que a mí, como Dios que soy, simplemente, se me fue la mano, demasiada belleza en un solo cuerpo.
Este ser es como dicen los humanos, un querubín, una perla, un lingote de oro, una sirenita de mar, un capullo en flor, una bella princesa de los cielos de paseo por la Tierra, cuyo pelo es envidia de la noche más bella y estrellada que se pueda ver en el firmamento y su sonrisa es como trinar de pajarito o el suave murmullo de un limpio y cristalino manantial en su recorrido hacia el mar.
Como Todopoderoso no he vuelto a crear nada igual, porque siento celos hasta del aire que acaricia su pelo. Sí, eso me dijo el Señor, eso me contó de su amonestación a los ángeles por tratar de arrebatarle ese bien preciado en uno de los momentos que no quisiera que se volvieran a repetir. Eso y más, me digo sobre el amor hacia ella, quien más que niña, adolescente o mujer es una virgencita de paseo por la Tierra.
Y yo particularmente la comparo con todas las cosas hermosas y bellas a las cuales siempre le he rendido pleitesía, culto y admiración sincera, como lo hizo José Ángel Buesa al decir: Amor y primavera son una cosa igual,/y cada cual lo sabe a su manera:/ Vos señora, pasando por mi casa;/ y yo cuidando del rosal. Es la única cosa que existe entre los dos:/Vos que pasáis, feliz de ser hermosa,/ yo, esperando que nazca alguna rosa, digna de Vos
Por todo lo anterior Dios y yo llegamos a un convenio para quererla por igual, porque tanta belleza, concentrada en ese cuerpecito, como el buen perfume que viene en frasco pequeño, no puede ser asimilado por un solo Dios ni un grupo diminuto de seres humanos, por eso quedamos en que a mi querida Wenyeli, mi adorada y hermosa sobrina, la vamos a querer todos por igual. ¡Sí, señor!.

