Lo que nos está pasando, se venía venir y los responsables por todas las calamidades que nos azotan, por igual, son harto conocidos con nombres y apellidos. Pero, la principal responsabilidad por esta agonía y de la cual persiste la amenaza futura de repetirse este descuido, por igual tiene nombre: nosotros y solo nosotros, por la apatía ante los hechos bochornosos que día a día fueron conformando esta debacle institucional.
Conocemos a ciencia cierta, que detrás de todo conocimiento que se adquiere, siempre y cuando estemos vivos, habrá otros muchos por adquirir. Esto, unido a la acumulación de la experiencia, de nada vale, si no son puestos en práctica. ¿De qué sirven estos conocimientos y experiencias si solo se utilizan en los discursos o en las aulas? ¿De qué valen si continuamos tropezando con la misma piedra? Hemos sido víctimas de aquellos con capacidad para hacer aparecer una nimiedad o algo pequeño, como cosas asombrosas y gigantes.
Padecemos de mirar, ver y sentir lo que a estos señores les vino en ganas. Las iniquidades e indelicadezas las hacían pasar por debajo de la puerta y como si fuesen magos, capaces de crear la fantasía de ver pasar un elefante por el hoyo de una aguja común. Todo esto, porque fueron capaces de controlar la percepción para enturbiar la realidad.
Nosotros mismos, solo nosotros como pueblo, por permisivos y permitir la manipulación de nuestra incultura, somos los únicos culpables y a la vez los causantes, por la incertidumbre, el caos y la inseguridad que nos han dejado por herencia y que hoy, desgraciadamente, otros tienen y deben resolver. Mientras tanto, pagamos los platos rotos de una ruidosa fiesta, de la cual no tuvimos participación pero, que tampoco hicimos nada por controlarla.
Somos conscientes de que la espada de Damocles pende sobre nuestras cabezas y sabemos muy bien que estamos viviendo sobre el filo de una navaja o peor aún, combatiendo contra una crisis inducida por la prepotencia, corrupción e impunidad pero, encima de una cuerda floja mecida por los vientos huracanados de la miseria y, todo esto, sin ser trapecistas.
La Nación no está bien. Nosotros no estamos bien como nos hicieron creer los cretinos manejadores de la percepción. Hoy, los que nos dirigen, se desplazan encima de arena movediza, la cual deben convertir en fuerte concreto que nos permita salir de este atolladero institucional, que de lograrlo, constituirá uno de los más grandes episodios épicos que hemos batallado como nación.
Estamos sufriendo de una entropía, la cual se define como la orientación de una organización en este caso el país, que tiende a deteriorarse por la gradual decadencia de las fuerzas que la cohesionan. La Nación se nos esfuma ante nuestros ojos. La delincuencia nos ahoga y parte el alma conocer que es la juventud la que está más perdida, mientras los reales y verdaderos culpables, gozan de impunidad.
Allí radica el reto de quienes ahora nos dirigen. No olvidar la afrenta a la Patria y pensar como expuso Maquiavelo; resolver los desórdenes del presente, prever los futuros evitándolos con destreza y tener el arte de la precaución para que no ocurra ningún contratiempo en el presente. ¡Sí, señor!

