El Secretario de Hacienda nos considera una manada de tarados. Sólo eso podría explicar que pretenda que aceptemos como buena y válida su posición respecto a las exenciones fiscales y arancelarias otorgadas por el Estado a ciertos sectores de la economía nacional.
En su más reciente polémica con los empresarios, les ha pedido que, a los fines de propiciar un nuevo modelo económico, renuncien a dichas exenciones.
Parecería, a partir de tan estrambótica solicitud, que medidas de esa naturaleza las pueden asumir personas o entidades por su propia voluntad.
Al contrario, se trata de políticas públicas con las cuales, quienes las impulsan confían que la economía en su conjunto saldrá beneficiada y, con ella, la población en sentido general. Su premisa es simple, ceder por un lado para compensar por el otro.
Ese tipo de política ha sido preservado y estimulado por la gestión gubernamental y por el equipo económico al cual, en un sitial de primacía, pertenece el licenciado Vicente Bengoa.
La determinación de su conveniencia o no, se reduce a un cálculo de sencilla ejecución para expertos en esta materia. Ese es el único camino válido para demostrar si el balance arrojado ha sido a favor o en contra.
Es posible que, fruto de ese análisis, se compruebe que esas medidas no han producido los resultados que de ellas se esperaban y que, en los hechos, hayan sido de mayor beneficio para grupos específicos que para la economía.
De ser así, lo que procede es que el Secretario de Hacienda tome la iniciativa de marcar distancia de las mismas y postule, con responsabilidad, para que sean derogadas.
Sería una excelente oportunidad de que para algo positivo sirva su reconocida influencia en la esfera de toma de decisiones de un gobierno al que la esencia intolerante de sus protagonistas le ha conducido a la arrogancia típica de quien carece de argumentos.
Asumir la actitud que ha externado de forma pública, no hace más que presentarlo como alguien que no actúa conforme a su criterio profesional o que recurre al chantaje para dirimir sus diferencias.
Lo primero, a los fines del país, resulta indiferente. Lo segundo, a los mismos fines, resulta peligroso.

