No hay que ser pitonisa para vaticinar que ningún resultado positivo surgirá del encuentro de hoy en Costa Rica entre el derrocado mandatario, Manuel Zelaya, y el líder golpista Roberto Micheletti, quien adelantó que no negociará el retorno al poder del presidente constitucional de Honduras.
En todo caso, esa reunión otorga un respiro al gorilismo hondureño que hasta hoy estuvo sometido a la vigorosa presión de la comunidad internacional y en particular del sistema interamericano que reclaman la vuelta de la democracia a esa empobrecida nación.
El encuentro entre Zelaya y Micheletti, fue concertado por la secretaria de Estado Hillary Clinton, después que el depuesto mandatario, impedido de viajar a Tegucigalpa el domingo, fue requerido el lunes en Washington por el Departamento de Estado.
El protagonismo que ejercía la Organización de Estados Americanos (OEA) en el manejo de la crisis hondureña, ha desaparecido como por arte de magia, tan pronto Zelaya fue mandado a buscar al Departamento de Estado por la secretaria Hillary Clinton.
El presidente Oscar Arias, que acogió en Costa Rica a un Zelaya todavía en ropa de dormir, secuestrado y expulsado del poder por el Ejército, recibe hoy a un usurpador, que de antemano advierte que no negociará el retorno de la democracia a Honduras, por lo que se estima que su labor de mediación será poco menos que cosmética.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU), que en la víspera había exigido el retorno inmediato de Zelaya al poder, también ha producido una virtual retirada del escenario y cedido su espacio al Departamento de Estado.
El liderazgo de América Latina, que ha mostrado la fortaleza que brinda la unidad de propósitos, no debería permitir que su legítimo rol, de velar por la preservación de la democracia en su traspatio, sea sustituido por otra farsa o comedia, que seguramente concluirá en tragedia.

