La tragedia de Haití sobrecoge a la Iglesia Católica dominicana que en su Carta Pastoral clama a sus feligreses acudir en auxilio de ese sufrido pueblo porque la fe sin obra material es vana.
Los obispos advierten sobre la necesidad de abrir los ojos ante la extrema pobreza haitiana que se antepone a una cultura de derroche y confort que prevalece en el mundo de hoy.
La Conferencia del Episcopado ha resaltado en su tradicional Carta Pastoral el contraste entre un Haití destrozado por un terremoto que causó unos 200 mil muertos, con la dictadura de la relatividad, denunciada por el papa Benedicto XVI, que crea un nuevo tipo de mentalidad basada en el afán de dinero y poder.
Los obispos han censurado a los partidos políticos a los que creen apartados de sus principios ideológicos y convertidos en maquinarias de oferta y demanda clientelar que ha generado un clima de corrupción nunca antes visto en el país.
Esa Carta Pastoral advierte a la sociedad dominicana sobre el debilitamiento de los valores humanos, familiares, éticos y morales, lo que a su vez genera inseguridad, delincuencia, violencia, crimen y corrupción.
Aunque por razones obvias la exhortación a acudir en auxilio de Haití encabeza ese texto, liderazgo político ni sociedad deberían soslayar las severas recriminaciones éticas y morales que contiene.
La extendida drogadicción y la crisis familiar preocupa sobremanera a la Iglesia, que ha llamado a sus sacerdotes a asumir el compromiso de renovación interior para que su labor pastoral sea más intensa e incisiva.
Los obispos dominicanos recogen el valiente discurso del fenecido papa Juan Pablo II, al señalar que el pragmatismo y el consumismo de una economía de mercado sólo ha servido para excluir a millones de personas y aumentar la brecha entre pobres y ricos.
A la luz de esa valiente e incisiva Carta Pastoral, la Iglesia parece advertir que además de las preces a la Virgen María se requiere que la conducta personal, familiar, corporativa y política esté siempre asociada con la ética y la moral.
Los obispos han interpretado el sentir de una población harta de despropósitos. Quien tenga oídos, que oiga.

