Desde el momento que la actividad política se convierte en operación comercial, los que carecen de dignidad y decoro son sus principales actores y hacen de ella una forma normal de vida. En nuestro país hace muchos años ha surgido todo un equipo de hombres y mujeres que, convencidos de que en el juego político todo es permitido, hacen un papel determinante en lo que a decisiones políticas se refiere.
En la democracia representativa las que se llaman instituciones del Estado están dominadas por grupos que no tienen el menor sentido de lo que es la honradez y decencia.
Se ha llegado hasta el punto de que las actividades políticas son costeadas con los dineros que pagan, por concepto de impuestos, los contribuyentes. Sumas millonarias son entregadas por el gobierno a la Junta Central Electoral para que ésta las ponga en manos de los partidos, los cuales, por medio de sus cúpulas dirigenciales, las reparten a su mejor conveniencia e interés.
De la misma forma que el máximo organismo electoral suministra fondos provenientes del erario, otros departamentos ponen amplios recursos económicos a disposición de los que tienen la política como principal actividad comercial. Todos y cada uno de los que manejan los dineros del pueblo desde un aparato estatal se sirven con la cuchara grande favoreciendo a sus seguidores, porque no tienen que rendir cuentas de lo que hacen y no hacen con el dinero del pueblo.
Si hubiera limpieza y honradez en el manejo de los dineros del pueblo, otra cosa fuera.
Si la actividad política es un negocio lucrativo, lo más conveniente y rentable es que quienes gustan de la vida fácil se incorporen a ella. Por tal razón, en los últimos años, muchos dominicanos y dominicanas que carecen de vergüenza y talento han escogido la política como medio de vida para así resolver sus problemas materiales y espirituales.
No es por pura casualidad que en nuestro país, a falta de capacidad, inteligencia y amor al trabajo, para hacer sólida fortuna por la vía rápida tiene que ser por medio de la politiquería y el narcótrafico, y como la generalidad de los politiqueros carecen de decoro, poco les importa que se les identifique como delincuentes de la política.
Para que se compruebe esto, basta saber que es más fácil para el que está al frente de un órgano del Estado, Senado o Cámara de Diputados, dominado por la politiquería, obtener recursos de parte del gobierno central, que al director de un hospital o escuela, en razón de que los que hacen politiquería ejercen mayor influencia a nivel de Estado que quienes se ocupan de áreas que pueden beneficiar al pueblo, como la salud y la educación.
No es fácil para un hombre o mujer de bien integrarse a la lucha política formando parte de las organizaciones del sistema porque basta con tener un mínimo de decoro y vergüenza para no hacer causa común con los que deciden la suerte de los partidos tradicionales. La falta de decencia y honradez son puntos importantes en la acción política que se llega a la práctica en nuestro país.

