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Febreroy su relato

Febreroy su relato

Susi Pola

En nuestro febrero patrióticamente emblemático y alrededor del proceso histórico que terminó el 27 de febrero de 1844 proclamando la República Dominicana, resurge el relato contado desde el sexismo de la historia que invisibiliza y margina la contribución de las mujeres a la gesta.

Aunque desde hace años conocemos de las mujeres “febreristas” cuyas historias se han ido recuperando en la memoria a partir de hurgar entre referencias formales y tradiciones, a punto de saber que tuvieron a su cargo tareas clave, que las llamaron “las comunicadas” y que, resolvieron.

Escuchar estos días a famosos y respetados historiadores dominicanos en los medios, con el mismo discurso desde hace decenios, y a sus alumnos/as que aprendieron el sesgo exclusivo con ellos y sus textos, nos muestra una narrativa frisada en el tiempo que, no solo exalta el protagonismo masculino como único, además, refuerza desigualdades, perpetúa estereotipos y falsea la realidad limitando la contribución de las dominicanas a la sociedad.

Bien decía la reconocida escritora y periodista española catalana, Monserrat Roig -fallecida en 1991, a los 45 años- que “es urgente contar la historia de nuevo tal y como ha transcurrido, dando a las mujeres la verdadera dimensión que merecen, sacándolas del silencio que le niegan los libros de historia y dándoles el protagonismo que han tenido”.

Los relatos históricos en nuestra cultura patriarcal se hacen atribuyendo acciones y logros a los hombres y a partir de un enfoque sexista androcéntrico marginando cualquier otra posibilidad, una construcción que naturaliza la superioridad masculina perpetuando la visión en que nos socializamos y que, violenta a la mitad de la humanidad que somos las mujeres.

Desde las enseñanzas de los grandes filósofos de la antigüedad como Platón y Aristóteles que establecieron la inferioridad moral y física de las mujeres y, pese a los más de 2,500 años transcurridos, descubrimientos académicos, demostraciones, razonamientos y sistemas de equilibrio de poderes y ejercicio ciudadano, aún nos cuesta desmontar tantas falacias.

Cambiar la historiografía sexista requiere transversalizar el análisis de los métodos, las fuentes y las ideas de las personas que asumen el relato, empezando en las academias y, entonces, cuestionar lo establecido incluyendo el papel que han tenido y tienen las mujeres como seres humanas activas, sin mitos ni estereotipos degradantes.

Preguntarnos, cómo es posible en una patria sin madre y con tres padres oficiales y venerados que, María Trinidad Sánchez sacrificada por amor a su patria, no sea reconocida. ¿Y todas las demás? Misoginia sostenida y mucha violencia.