La del martes 2 fue sin duda una noche memorable no solo para mí, sino también para todos mis compañeros de aula del colegio Loyola. Luego de haberse desprendido tantos años del calendario desde la última vez que estuvimos juntos, volvimos a abrazarnos fraternalmente. Y a decir verdad, solo el carisma de Cuchi Rodríguez era capaz de convocarnos.
El corazón me dio un salto cuando me tropecé con Omar Hazoury, a quien hacía más de veinte anos que no veía, lo propio que a Juan José Cabanillas, a Manuel Cordero y a Papo Dagonisti, que volaron desde muy lejos solo para celebrar esa noche el cumpleaños de Cuchi.
Nada distinto hicieron Marquitos Cabral, Felo Ramírez y algunos otros que residen en Estados Unidos, quienes no querían por nada del mundo perderse la fiesta. Aunque no me lo dijo, me socorre el convencimiento de que más que a festejar otro año en su vida, Cuchi nos convocó a renovar viejos lazos afectivos.
No lo sé, pero tal vez sea el lamento del tiempo ido que me haga mirar atrás y evocar los días de nuestras correrías infantiles en el Loyola. Confieso que cada vez que los recorro de memoria, me asaltan añoranzas y nostalgias, y siempre termino reprimiendo las lágrimas. Y es que llegamos a tener una idea tan flexible de la juventud, que la adultez nos parece muy alejada en el horizonte.
No olvido a Fernando Ariz, de quien ya nada se, a Héctor Cruz, cuya ausencia echamos de menos, al siempre simpático Jochy Blandino, a Raúl Pena, a Dayan Paiwonsky, a José Jiménez, a mi querido compadre Frank Abreu, a Juan José Naranjo, con quien más de una vez recorrí Nueva York de punta a punta en subway, a Karl Luna, en cuya casa detrás del demolido hotel Jaragua grabé mis mejores casetes de música que aún conservo. Con la comprensible ausencia de unos pocos, la noche del pasado martes nos permitió vernos el celaje. Allá estaban Dennis Simó, José Luis Muné, Tulio Villanueva, Román Ramos, Luis Manuel Prida, Reynaldo Logroño, Lucas De Castro, Josín Busto, Pablo Hugo de los Santos, a quien inevitablemente asocio en los recovecos de mi memoria con el otrora campeón panameño Roberto Mano de Piedra Durán, pues fue en su casa que vi, en cinta de betamax, su primera pelea con Sugar Ray Leonard.
Puede parecer mentira, pero no había vuelto a coincidir desde que me recibí de bachiller con Pedro Báez, ni con Claudio Pineda, ni con Juan Manuel Chea, ni con Alberto Cuadrado, ni con el locuaz de Héctor Then, ni con Fernando Pou, ni con muchos otros viejos amigos cuyos nombres me veo precisado a omitir por razones de espacio.
En fin, a Cuchi le debemos este vibrante reencuentro, y aunque ninguno quería que la noche terminara, y al final, uno tras otro, entre la lluvia, se fue alejando con la esperanza de que no haya sido ésta la última vez. Sea como fuere, en nombre de sus compañeros de infancia, le agradezco a Cuchi habernos ofrecido una noche para no olvidar, y le deseo de corazón un muy feliz cumpleaños.

