Tras el curso de imágenes aplastantes, denunciantes de la crueldad ríspida de un ejército sobre un pueblo invadido, tras este discurso visual, no exento de onirismo y poesía visual, de homenaje al valor y de puesta en el marco universal de bestiario humano estatal que ha sido capaz de las peores locuras, el espectador queda, virtualmente clavado y en shock en su asiento. Se siente un nauseabundo sabor en la garganta y no hay deseos de abandonar la sala para integrarse a la embruteciente vida cotidiana del consumo y la comodidad de esta clase media, sorprendida por la audacia de un director visceral y orgánico que hace fino uso del blanco y negro y un lente gran angular, para generar un enfoque que se queda engarzado en la memoria. El homenaje del director chino Lu Chuan al valor del pueblo chino, invadido en 1938 por un Japón y fascista – cuando se produjo la intervención a Nanking (entonces la capital china)- . Un canto por la paz aprovechando el más horrible de los marcos: el genocidio y la barbarie. Fue seleccionada como mejor película en el Festival de San Sebastián.

