Hay que ojear las revistas políticas francesas para entender qué pasa en ese país, donde todas comparan las poses de Macron con las de Napoleón y cómo este copia su gestualidad hasta en el saludo. Solo que todas concluyen que Macron es un Bonaparte, no un Napoleón, es decir que practica una política esencialmente pequeño burguesa y muy alejada de la grandeza, algo que el inmenso Víctor Hugo detectó en el enano emperador, sintiéndose traicionado en su admiración inicial y convirtiéndose en su peor crítico, lo cual le costó el destierro a ultramar.
Nada que deba sorprendernos, porque Macron procede de los Bancos y el objetivo del capital financiero es la ganancia, no la justicia social, (caso de las ARS en Santo Domingo y su rapiña con las pensiones de los trabajadores), por eso aunque Macron se proclama de centro practica una política de derecha con la clase trabajadora, a la que trata de despojar de los beneficios conquistados, atreviéndose a reclamarles que cuando vayan a negociar con el gran capital “aprendan a usar saco y corbata”.
Pequeñito pequeño burgués, cuyas miras contrastan con la inmensa humanidad de los prohombres de nuestra historia, cuya memoria habita en lo mejor de nuestro pueblos como pudimos comprobar en la gama de taxistas que nos trasladó en Paris: Un congoleño que se emocionó cuando conversamos sobre Lumumba; un senegalés que se asombró cuando se enteró de que conocíamos a Senghor y su trabajo con los africanos asimilados en París, que luego se convirtieron en los líderes de la independencia de sus respectivos países, todos poetas; un argelino que no podía creer las anécdotas de Fidelio sobre Bembela y la guerra de Argelia por su independencia; y un chofer de Shri Lanka cuyo líder máximo sigue siendo Gandhi.
He ahí la grandeza de Francia, frente a la megalomanía que un hombre que siempre se creyó un genio y cuya escasez de miras le impulsa a repetir esquemas gastados de reestructuración social donde lo que cuenta no es la gente, sino el elitismo típico del pequeño burgués que en ingles sufre de “selfrighteousness”, pero no para los de su clase, o la clase a la que pretende pertenecer y le “boronea” aspiraciones, como el capital de los Rotchild con Macron y aquí el de otros tantos.
Una lección para reflexionar en el próximo proceso electoral, donde tantos Bonaparte con complejo de emperadores se aprestan a asaltar el ruedo de los “presidenciables”, sin una idea original, sin una propuesta revolucionaria, sin un historial del cual enorgullecerse, chapoteando en viejas retóricas, en una gastadísima praxis de recepciones saloneras, donde lo que no cuenta es la gente de a pie.

