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Fremio

Fremio

Pedro P. Yermenos Forastieri

pyermenos@yermenos-sanchez.com

Una vez más he confirmado que la denominada cordura, no determina la medida de la trascendencia. Tampoco, lo contrario. La socialmente llamada locura, no asegura un paso por la vida dejando solo una estela de tristeza y fármacos. Millones de personas percibidas con sanidad mental agotan su existencia sin impregnar de huellas positivas los días de nadie.
Ha muerto Fremio. Un embrión de abogado que no llegó a consumarse. Hace años que lo atacó una enfermedad que le hizo transformar de manera radical su comportamiento. Para él, dejó de tener importancia su cuidado personal. Por eso lucía poco aseado y el paso del tiempo hacía difícil compartir de cerca con este personaje de leyenda.
Pese a todo, hoy, hay una cantidad extraordinaria de quienes estábamos llamados a ser sus colegas que nos sentimos entristecidos porque dejaremos de tener el intercambio interesante con alguien que nos hacía escuchar tantas cosas de cuya veracidad no dudábamos, pero que ponían de manifiesto nuestra ausencia de coraje para asumirlas y proclamarlas con la misma libertad que él lo hacía.
Fremio, un caso triste
Desde que supe la noticia, me he estado preguntando ¿quién es el cuerdo realmente, Fremio, que por su ignorado riesgo decía “sus verdades” o quienes por nuestra paralizante cobardía callamos las nuestras? Para aquellos que no transigen con la prerrogativa de manifestar sus ideas sin mayores cortapisas que el derecho de los demás, escucharlo que son secretos a voces, aun sea como resultado de la ruptura de los mecanismos que configuran la sensatez, los conducen a la reflexión ineludible sobre la conveniencia de que, escogidos los canales pertinentes, los hechos que atañen lo público puedan ser materia prima de discusiones que conduzcan a la dilucidación de los mismos y a derivar las correspondientes consecuencias.
No es así. Lo que suele suceder es que nos acomodamos en la ilusoria seguridad que nos proporciona nuestra zona de confort y optamos por dejar las cosas como están, porque después de todo, solo a un “loco” se le ocurre decir esas cosas. Las mismas cuya permanencia en el silencio cómplice son causas de tantos de nuestros males ancestrales.
Mientras tanto, nos queda el cariño ofrecido y recibido por el entrañable Fremio. Recuerdo cuando le presenté mi esposa, quien se conmovió mucho con su caso y tuvo un gesto de humanidad. De ahí en adelante, cada vez que nos veíamos, la pregunta no faltaba, ¿y la colombiana? Adiós amigo.

El Nacional

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