Estado y sociedad no deberían castigar con abandono e indiferencia a Gabriela, la niña de siete años, cuyo padre, un alférez de fragata, asesinó a balazos a su progenitora y luego se mató de un tiro en la cabeza.
Esa infante ha quedado huérfana de padre y madre y sólo imaginar cómo habrá asimilado tan infausta noticia, libera los embalses de la congoja.
Aunque la Marina de Guerra anunció que prestará asistencia a Gabriela, cuyo progenitor, Ramón López Contreras, de 34 años, mató de siete disparos a su madre, Fary Eunice Reyes Mateo, de 29, y luego se suicidó, Gobierno y población están en obligación de tenderle las manos a esta criatura inocente.
Ante la magnitud de la tragedia que la ha dejado huérfana y vulnerable, Gabriela se convierte en doloroso ejemplo de decenas de niños y adolescentes que hoy padecen similar drama porque han perdido a sus padres a causa de violencia intrafamiliar.
El psiquiatra César Mella ha ofrecido sus servicios profesionales para ayudar a aliviar la carga de sufrimientos que el destino ha puesto sobre el presente y futuro de esta niña, pero hace falta que Estado y sociedad asuman ese compromiso en todos los sentidos, incluido seguridades de alimentación, educación, vivienda, así como asistencia en salud mental y física.
Cada año, centenares de mujeres son asesinadas por esposos, ex maridos o pretendientes, en estela interminable de crímenes, la mayoría perpetrados por hombres despechados que luego se suicidan.
Gabriela se convierte hoy en símbolo de la secuela de dolor y tragedia que provocan la espiral de violencia intrafamiliar y homicidios pasionales que agobia a la sociedad de hoy.
Se resalta la disposición de la Marina y del doctor Mella en brindar asistencia económica y psiquiátrica a Gabriela, aunque lo que se reclama es que la sociedad toda brinde comprensión y ternura a esa niña y a todos los menores huérfanos por la violencia.
El drama de Gabriela lacera el alma y obliga a cultivar la solidaridad.

