General Motors (GM), definida como la empresa automotriz emblemática del poderío de Estados Unidos, sucumbió ante su dilatada crisis financiera, al declararse ayer en bancarrota, lo que obligó a su nacionalización con la inyección de 30 mil millones de dólares del tesoro público.
La quiebra de ese gigante industrial constituye un golpe demoledor para la economía estadounidense, en razón de que producirá el desplome de centenares de empresas vinculadas con el sector automotriz, como fabricantes de llantas, repuestos, pintura, auto partes y concesionarios.
El presidente Barack Obama, al anunciar que el Gobierno aumentará a 50 mil millones de dólares su inversión para adquirir el sesenta por ciento de las acciones de General Motors, evitó definir como nacionalización el nuevo control estatal sobre esa empresa, para evitar hundir más al desacreditado sistema de libre mercado, al que se culpa de la hecatombe.
Esa declaratoria de bancarrota ha sido como un garrotazo sobre el orgullo estadounidense, toda vez que por cien años se llegó a decir que lo bueno para General Motors es lo bueno para Estados Unidos, lo que hoy resulta a la inversa, pues ese crack industrial ha significado en lo inmediato la pérdida de 22 mil empleos y el cierre de 14 plantas.
Obama ha advertido que el programa de rescate de GM implica grandes sacrificios, con pérdidas de más empleos, cierre de otras plantas, así como reestructuración de los cuantiosos compromisos financieros con bancos y suplidores.
General Motors, fundada hace 101 años, no volverá a ser el mismo gigante automotriz dominante del mercado mundial, del que llegó a controlar un 54 por ciento. Ese antiguo símbolo del mercado libre se convierte ahora en emblema de uno de los fracasos empresariales más notable en la historia de la economía mundial.
El poderoso sindicato de la industria automotriz estadounidense ha aceptado el despido de decenas de miles de trabajadores, así como reducción de sueldos y beneficios, a cambio de acceder al control del 17 por ciento de GM, pero también de ser propietario principal de la automotriz Chrysler, también en bancarrota, administrada ahora por la italiana Fiat.
En el mejor de los escenarios de recuperación, se prevé que la GM apenas retenga el 20 por ciento del mercado automotriz de Estados Unidos. Puede decirse, pues, que después de la quiebra de General Motors, el capitalismo mundial ya no será el mismo.

