Lo de Israel en la Franja de Gaza es un genocidio. No se puede llamar de otra manera a las horrorosas escenas de familias aniquiladas en sus residencias por efecto de los intensos bombardeos, niños con los cuerpos destrozados o mutilados y a la voladura de edificios bajo el pretexto de que sirven de bastiones a líderes del grupo radical Hamás.
En los ocho días de incesantes ataques aéreos se calcula que han muerto unas 420 personas, incluyendo decenas de niños, ancianos y víctimas inocentes, y más de 2,200 han resultado heridas. Frente al horror y la desproporción de los ataques, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU) no ha podido ponerse de acuerdo para llamar siquiera a un alto al fuego.
Si la ONU se evidenció como una entelequia cuando no pudo evitar la abusiva agresión de Estados Unidos a Irak, su impotencia ante el genocidio de Israel en la Franja de Gaza certifica su acta de defunción. En la práctica, el organismo no ha servido más que para legitimar los intereses de Washington y para mantener, con el aporte de sus miembros, una burocracia ofensiva.
El organismo y los principales líderes internacionales saben que los cohetes de Hamás a territorio israelí podrán ser molestosos y hasta provocadores, pero que todavía no han surtido ningún efecto y menos para la sangrienta ofensiva militar con que ha reaccionado el sionismo en el poder.
El silencio del liderazgo internacional se ha convertido en cómplice de matanzas como la del dirigente de Hamás Nizar Rayan, cuatro esposas y 10 hijos durante un bombardeo a su residencia, así como las de cinco hermanas que vivían con su madre en una de las decenas de casas bombardeadas por Israel.
Para tornar la escena todavía más conmovedora tres niños que jugaban en un enclave que se consideraba seguro cayeron víctimas de lo que la ONU, Estados Unidos, el Reino Unido y el liderazgo mundial no ha sido capaz de condenar. A lo más que han llegado es a pedir a Hamás que detenga los misiles contra Israel.
Con todo lo tenebrosa que resulta la secuela de los ataques, el sionismo en el poder amenaza con una ofensiva más brutal. El Día de ira que ha declarado Hamás puede ser la gran justificación que esperaba el Gobierno para una limpieza de todo lo que vea como un estorbo en la Franja de Gaza.
El sangriento conflicto en el Medio Oriente, una zona en donde no se siente más que la muerte, sin que nadie parezca interesado en la paz, es otro de los problemas que el presidente electo Barack Obama heredará de la errática administración del saliente George W. Bush. Claro, si en lo que falta para su juramentación el día 20 Israel no ha completado su propósito.

