Ha causado hilaridad el informe que sitúa a República Dominicana como el segundo país más feliz del mundo, detrás de Costa Rica, entre 143 naciones incluidas en una encuesta realizada por la organización británica The New Economics Foundation.
Los referentes usados por esa entidad para medir el grado de felicidad fueron esperanza de vida, nivel de satisfacción y prácticas ecológicas.
Es difícil poder sustentar la afirmación de que los habitantes de una nación repleta de precariedades e inequidades, como la dominicana, sean ubicados como el segundo conglomerado más feliz del planeta.
Según ese estudio, la felicidad no se deriva de los bienes materiales individuales o del desarrollo económico y social alcanzado por una nación, porque si así fuera, Canadá, Dinamarca, Finlandia y Noruega, ocuparían los primeros lugares.
Esas sociedades, donde la población tiene todos sus problemas básicos resueltos y se respeta plenamente la dignidad humana, reportan los más elevados índices de suicidios.
Si fuera medida por el índice de desarrollo humano, los dominicanos quedarían rezagados en ese ranking de naciones felices, pero no hay dudas de que en este país se goza todos los días, de día y de noche más que en cualquiera otra parte.
En Europa nórdica, la mayoría de suicidios son por aburrimiento; aquí se incrementa violencia extrafamiliar, por el elevado número de hombres despechados que matan a sus esposas, amantes o pretendientes.
En las naciones del primer mundo, la sociedad se basa en la formalidad jurídica de la familia, mientras en esta tierra tropical, prevalecen las uniones consensuales, con buenas relaciones entre marido y mujer.
Para el dominicano, no hay tiempo malo cuando de disfrutar un buen momento se trata, porque este es un país de ron, cerveza, motoconcho, merengue y bachata, donde a la casualidad le dicen chepa y al peso tolete. Un país muy especial.

