Cual mariposa blanca, en cuyas alas se escribió servir a los demás a cambio de nada, partió a las regiones infinitas, joven aún y con ganas de vivir, pero Jesús la llamó a su morada celestial.
Y San Cristóbal se vistió de luto, ofreciendo su último adiós el domingo pasado. Gladys Abreu Nina regaló a San Cristóbal sus hijos José Rijo, gloria del béisbol; Jocelyn, Melquíades y Kiko.
Fueron sus padres Altagracia Nina y Antonio Abreu; sus hermanas Elsa (Kika) Enriqueta (karchi) y sus bellos nietos Shacha, José, Pamela, Rossendy, José Alejandro, Brenda y María José.
La vida de esta mujer se desarrolló entre el trabajo, el estudio y la enfermería, convirtiéndose en humanista, pues de lo que percibía invertía gran parte a favor de personas humildes e entidades sociales.
Hacia donaciones con dinero que en ocasiones le pedía a su hijo José Rijo, quien la apoya en todo sin vacilación. Daba de comer en su casa a cientos de personas, convirtiéndose en verdadera mensajera de buena voluntad, que sirvió y recibió de su pueblo amor y muchas simpatías.
Al pronunciar el panegírico de esta mujer, dijimos que no era perfecta, porque la perfección solo existe en Jesús y toda la humanidad es imperfecta, pero que era un paradigma de la solidaridad.
Su idolatrado hijo José Rijo, entre lágrimas, dijo en el camposanto un postulado: señores, quienes tengan a su madre, que la cuiden, la disfruten y la quieran mucho siempre.
Si los hombres y mujeres meditáramos a Horacio, fuéramos mejores y mas humildes, pues este escribió la siguiente sentencia: Piensa que cada día puede ser el último.
¡Adiós Gladys, queridísima familiar y amiga. Tus servicios a San Cristóbal son un legado imperecedero, ya que morir en paz, como lo hiciste, no es más que un cambio de morada a otro lugar.

