Durante siglos, la autenticidad del nacimiento de Jesús ha sido puesta en duda. Sin embargo, Indro Montanelli, agudo periodista e historiador italiano, sostuvo que la única incertidumbre en torno a su nacimiento era la fecha. En su muy leída Historia de Roma, cuenta que ocurrió en Belén durante el reinado de Herodes, muy probablemente entre abril y mayo.
Y que solo después de la decapitación de Juan Bautista fue que la misión de Jesús entró en su plenitud. Empezó a predicar en las sinagogas, y por testimonios unánimes que nos quedan, puede decirse que algo sobrenatural atrajo enseguida a las muchedumbres hacia él. De vez en cuando acompañaba sus prédicas con milagros pero se negaba a considerarlos como pruebas de su omnipotencia.
Montanelli relata también que luego del deceso oficial de Jesús, María Magdalena fue a visitar la tumba y la halló vacía. La noticia corrió de boca en boca y fue confirmada por la aparición que Cristo volvió a hacer en la Tierra, presentándose en carne y hueso a sus discípulos que se desparramaron por el Mundo anunciando la gran nueva de su resurrección.
No obstante los escasos elementos históricos de que se dispone para acreditar la existencia de Jesús, doña Euridice Castillo cree fervorosamente en la versión que dan los Evangelios. El pasado sábado, luego de almorzar juntos, se ofreció a orar por mí en compañía de mi suegra, de la tía Lala y de mi esposa. Doña Ula, como cariñosamente le llaman a esta extraordinaria mujer de fe, de mirada con lumbre de ayer y de mañana, tocó mi corazón. Confieso que me sobrecogí al escucharla decirle al Altísimo que había sido un buen hijo, pues solo Él sabe que me esforcé denodadamente en serlo, en tanto que ella, que apenas me conoce, carecía de evidencias objetivas para aseverarlo. Gracias, doña Ula, por incluirme en sus conmovedoras oraciones, y le prometo que cuando se produzca mi encuentro, nadie antes que usted se enterará.

