Despojado de las monsergas y teorías alienadas de periodista alguno, hace unos meses estuve en Santo Domingo y, acompañado de amigos de Villa Francisca, en sendas ocasiones, me divertí muchísimo en el sonado pero controvertido barrio de Guachupita.
Partiendo de las teorías del sicoanálisis de Sigmund Freud, una vez más, comprobé que el ello (la licencia que da paso a mis placeres), supedita mis instrucciones académicas.
Mi yo simple ni el yo ideal tampoco pueden superar mi hontanar, raíces, y finalmente, lo que definitivamente es mi hábitat.
En un establecimiento con un nombre que paradójicamente contrasta con la fama que le han dado a de ese sector: “La Paciencia”; me di a la ingesta de algunos tragos; bailé, me encontré con conocidos que hace tiempo no veía; gozoso como uno más, disfruté con las “frases” de percusionistas y aires musicales que ahora los musicólogos definen como la “salsa blanca”.
Se presentó en el ambiente lo que todavía queda de mi espíritu sonero y sandunguero.
Y, aunque no fuera un lugar exclusivo de los visitados por otros profesionales, en ese momento, no los envidiaba.
Asistir a lugares exclusivos donde se disfruta de cierto confort y el buen vino en mí no es un deseo que se convierta en una perturbadora necesidad.
Además, es muestra de que no estoy muy acorde con el sistema-, el de la pequeña burguesía acomodada-. Tal vez como dice una tonada, se corresponde con aquello de que “uno no es lo que quiere, sino lo que puede ser”; pero en mi caso, soy lo que siempre he sido, y nada más.
En fin, en el sector de Guachupita (prefiero llamarlo así, no San Martín de Porres); me sentí a gusto. Hubo armonía y tranquilidad; buen esparcimiento, reciprocidad y gente llana que me trató con respeto y calidez. Muy al contrario de lo que se dice de esa barriada.
Nadie osó agredirme ni salí lastimado. Aunque como dice el “tigueraje”, mi “pinta” se corresponde con el hombre común de a pie; en mi caso, el de Borojol.
El que no mira por encima de los hombros, y por ser periodista, cual que sea su categoría, reniega de sus orígenes y detesta compartir con los de su clase.
Haber estado en el corazón de “Guachu”, confirma que sigo siendo el hombre de barrio; que no me he desdoblado, y sobre todo, que soy uno más.
Simplemente, un producto de las entrañas de los sectores marginados. Y eso me enorgullece. Es harto ridículo querer opacarlo con poses presuntuosas.

