Durante las votaciones del 20 de mayo se denunció que un general de la Policía había detenido, golpeado y obligado a arrodillarse en la calle a varios dirigentes del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), entre los que figuraba el exalcalde Bienvenido Lazala. Si bien se trató de un abuso que viola incluso con la Constitución, nada pasó. No se habló de una investigación ni siquiera para guardar las apariencias, con todo y que el oprobioso espectáculo circuló profusamente a través de las redes sociales. Ahora, quizás estimulado por la impunidad que caracterizan los abusos de poder, un agente de la Policía se permitió apresar, pasear esposado y abofetear en Quisqueya, San Pedro de Macorís, a un jovencito de 15 años porque supuestamente había robado unas zapatillas. El muchacho, un prospecto que estaba a punto de ser protegido por uno de los equipos de Grandes Ligas, no pudo sobreponerse a la humillación y terminó suicidándose. Que la tragedia no haya tenido esa gran trascendencia puede describir lo abrumada e impotente que está la sociedad ante tantos atropellos. Hasta ahora se ha hablado de una investigación que, por la indignación y conmoción que ha provocado, es probable que termine con una sanción o la expulsión del agente de las filas de la Policía. Incluso en medio de algún espectáculo para engatusar a la opinión pública. Pero con lo que hay que terminar es con esa cultura de la impunidad que incentiva abusos de poder. De no ser así ese agente no hubiera provocado, de acuerdo con denuncias de diferentes organizaciones sociales, que el jovencito tomara la trágica decisión de suicidarse. Si los superiores abusan y se burlan de las leyes no se puede esperar que los de abajo se dediquen a rezar el santo rosario. Copian los ejemplos, aunque siempre contra los más débiles, que son los que están abajo o carecen de algún tipo de influencia política o social.

