MONTREAL. Canadá. El poder de transmisión de emociones del cine es indefinible y comporta misterios y enigmas de difícil entendimiento.
Es que la cuestión recorre la compleja relación de la sensibilidad humana a partir de los mensajes que recibe y la capacidad de emociones que pueden generar cuando se convocan a pantalla las características de un pueblo, que a pesar de ser obvias, de ser vividas a diario, pocas veces se tiene la oportunidad de sentirlas como parte de un discurso definitivo en pantalla.
Como resultado de la proyección del documental de José Enrique Pintor en la pantalla del añejo y arquitectónicamente patrimonial Cine Imperial, en una de las céntricas avenidas de esta pujante francófona ciudad canadiense, hubo lágrimas, llanto mal contenido, nostalgia, oleadas orgullo de ser dominicano e impacto emocional incluso entre asistentes que pudieron haber nacido en Centroamérica y o Europa.
El discurso visual de las imágenes, conducidas en pantalla por Freddy Ginebra, al presentar, fue de un impacto tal que ni el mismo director, que por razones de agenda no pudo estar presente, se lo habría imaginado.
Todo estuvo allí: la cultura, la distancia, el lenguaje popular, (gracioso, concreto y coloquialmente poético), la historia, la música, la medicina popular, las creencias y la fe, el potencial del turismo, las influencias de África y España, la danza y la canción popular, el carnaval, la comida, las letras quisqueyanas y sus creadores.

