Opinión

Historia de las mentiras

Historia de las mentiras

Se quiso el ser humano a imagen de los dioses. Concibió la magia del jeroglífico. Inventó, entonces, desde el silencio amordazado, la palabra escrita. Clamó desde lo alto de la torre vocinglera…

Papeles por todas partes: sueltos, en archivadores, en carpetas, libretas y cuadernos, notas adhesivas, sobres usados y servilletas de café. Papeles cubiertos de garabatos: caligrafía de la imaginación y el sentimiento, de la ira y la esperanza. Viejos papeles del recuerdo y papeles de apenas ayer en espera de la relectura y el desciframiento.

Simulacros también de más papeles desordenados en los directores y archivos de las varias computadoras y de la infinita nube de los dominios cibernéticos, esa otra realidad tan real y etérea como la del saber y el pensamiento.

Desorden, en fin: el caos: la ley implacable de lo inasible.

Se quiso el ser humano a la imagen de los dioses. Encandilado del fuego prometeico que ardió en la zarza y la hecatombe se supo endemoniado, poseído del espíritu insaciable del quererlo todo, absolutamente todo, hasta lo inconcebible.

Le dio la espalda al Paraíso, enrabiado de soberbia contra el sin rostro, violento de ira contra el ángel de la espada en llamas. Hay sabias escrituras delirantes que consignan su mayor pecado: haberse dado cuenta que existía en el absurdo y haber clamado en rebeldía la ayuda de Belcebú, Shaitán y todos los demonios, trasgos, demiurgos y espíritus rebeldes.
Clamó desde lo alto de la torre vocinglera y, desterrado luego, desde lo más hondo del pozo que se hunde en las tinieblas.

Todo eso hizo, y más, por acallar la furia del desamparado. Para nada.
Son sordas las deidades. Enemigas de las palabras que no se alcen en himnos de alabanza y pleitesía. Sordos sus vicarios que se adjudican sus poderes, su domino desde el miedo trascendente.
Sólo a la oración inútil —letanías del desconsuelo— prestan oído.

Inventó, entonces, desde el silencio amordazado —mordiéndose la lengua muda, trabando la mandíbula indignada—, la palabra escrita, herida del punzón en la greda original, rasgos de la sangre en la piel del toro herido. Concibió la magia del jeroglífico apenas comprendió que la mano entintada en el granito y el perfil de bisonte en ocre de la tierra decían “yo” y “bisonte”, dos entes ensañados en la Guerra de la vida.

Y fue de a poco descubriendo la población creciente de los signos del idioma, el valor encantatorio del fonema, la palabra, el verso y la mentira.

El Nacional

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