El pasado 14 de noviembre del 2011 hube de referirme al reconocimiento merecidísimo que debiera dispensarle el presidente Leonel Fernández a doña Altagracia Almánzar, esposa del dirigente político doctor Virgilio Martínez Reyna, ambos asesinados fría y brutalmente la noche del 1 de junio de 1930.
Fueron los primeros crímenes horrendos de la tiranía del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo, indicios claros de lo que sería, como ciertamente fue, su Era tétrica en excesos, latrocinios y la contrapartida, cierto, de la construcción del moderno Estado dominicano.
En el caso de doña Altagracia Almánzar, ocurre que fue el primer feminicidio de la tiranía, aunque no se trató de un crimen pasional, o violencia de género, como se etiqueta hoy, fue un crimen contra una mujer, por demás embarazada en su fase final de gestación, de manera que fue un triple crimen.
El triple crimen aconteció en San José de las Matas, municipio de la provincia de Santiago, pasadas las diez de la noche de ese fatídico día, cuando la planta eléctrica del poblado fue apagada como era la costumbre de entonces en los pueblos pequeños del país.
Desde que ocurrió la tragedia, los santiaguenses fijaron su pensamiento al unísono, en el general José Estrella, que se desempeñaba como Comisionado en el Cibao del generalísimo Trujillo,
En principio, Trujillo planeó involucrar en el crimen al presidente provisional de la República, Rafael Estrella Ureña, aunque fue su tío el general estrella quien lo planificó, y así le resultaría más fácil deshacerse de su original aliado, que en ese momento constituía un estorbo, porque Estrella Ureña entendió que Trujillo lo había traicionado.
En una segunda actitud, Trujillo desmarca del hecho de sangre al general Estrella, y se hace responsable del mismo, enfatizando que:el único que tiene derecho a matar soy yo.
Doña Altagracia Almánzar abrió la puerta de la pequeña casa donde convalecía de tuberculosis su esposo Martínez Reyna, y se interpuso entre los sicarios enviados por el general Estrella para asesinarlo, recibiendo una estocada en su vientre donde latía una criatura casi para nacer, y penetraron raudos en la habitación donde yacía su enfermo esposo, asesinándole bárbaramente.
Condujeron lo más rápido posible a doña Altagracia a Santiago de los Caballeros a la clínica del doctor Leovigildo Cuello, donde la dama, agonizante, falleció por la mañana del siguiente día, conforme relata el historiador Fernando Infante en su obra Biografía de Trujillo, página 65.
Pero los tiranos son celosos de todo cuanto lo rodean, y más cuando son resentidos sociales como resultó síquicamente ser Trujillo conforme lo perfila el siquiatra José Miguel Gómez en su obra Trujillo visto por un siquiatra, humillando a sus colaboradores de todos los niveles, para hacerlos sentir quien es que manda, quien es el jefe.
Cierto que este año debiera disponer el presidente Leonel el indicado para organizar un homenaje a doña Altagracia Almánzar, erigirle un busto en San José de las Matas, y congregarnos todos allí a tributarle el reconocimiento y el respeto debido que hasta hoy se ha negado al primer feminicidio de la Era de Trujillo.

