En los medios de comunicación abundan las noticias sobre abusos de pedofilia cometidos por miembros de la Iglesia católica y mientras el Vaticano pide perdón, las víctimas reclaman que sea la justicia terrenal la que castigue a estos depredadores. Ante este panorama mundial, nuestras autoridades eclesiásticas se empecinan en boicotear la ley que despenaliza el aborto por tres causales, llamando a los fieles a movilizarse frente al Congreso.
Causa verdadero estupor conocer la forma como más de mil niños fueron violados durante décadas sin que nadie hiciera algo para evitarlo. Aunque el obispo de Roma pida perdón, la sociedad entiende que no basta con decir simplemente ‘lo siento’. Las estructuras que permitieron o facilitaron estos abusos deben ser analizadas y destruidas para siempre.
Para agravar las cosas, un exnuncio del ala conservadora, publicó que el mismo Papa Francisco sabía que el ex cardenal Theodore McCarrick era un depredador sexual de seminaristas, y que este no hizo nada para evitarlo. La denuncia ha sido un misil contra la declaración del pontífice de “tolerancia cero” a los casos de abuso sexual y han avivado la separación ideológica entre los progresistas y los sectores más tradicionalistas y conservadores de la Iglesia.
En Republica Dominicana se han denunciado numerosos casos de pedofilia, en donde la mayoría ha quedado impune. Entre los más conocidos están el albergue infantil en Boca de Yuma (Higüey) y las aberraciones cometidas por el nuncio Joseph Wesolowski, (suicidado en Roma en 2015). El día que se investiguen profundamente estos desmanes y se identifique sus encubridores locales, caerán algunos solideos y hasta carpelos escarlatas.
En una sociedad como la actual, resulta anacrónico el bajo estándar de transparencia y el secretismo que opera como norma dentro de la Iglesia católica. El llamado cáncer de la pederastia y no el aborto es el tema que deberían estar analizando los obispos. «El tema del aborto es un asunto de salud pública, y como tal, debe ser tratado».
La marcha de la Iglesia al Congreso es una buena oportunidad para recordar a nuestros legisladores que se decidan a promulgar leyes que fortalezcan un Estado laico. Que se excluya la religión de las escuelas y se eliminen los irritantes poderes y beneficios que concede el Concordato, firmado entre Trujillo y la Iglesia hace varias décadas.

